Lic. Mirna Dorzán de Ante

Proyecto de Investigación Nº 59903

“El Mercado Laboral en la Provincia de San Luis”

UNSL-FICES

e-mail: p-59903@fices.unsl.edu.ar

Capitalismo, sociedad y política.

Juegos de poder en la construcción de escenarios diferentes.

Los diferentes escenarios sociales se estructuran según los modos de producción y su relación con el plano jurídico político marcando improntas en la sociedad en general y en el mundo del trabajo en particular.

Para desarrolllar estas interrelaciones se siguen algunos de los planteos que realiza Manuel Castells,[1] en el primer capítulo de su libro “la ciudad informacional”, quien sostiene que, las estructuras sociales interactúan con los procesos de producción, determinando las reglas para la apropiación y distribución del excedente. En las sociedades contemporáneas existe preponderantemente el modo de producción capitalista donde se da la separación entre los productores y los medios de producción, la mercantilización del trabajo, y la propiedad privada de los medios de producción sobre la base del control del excedente comercializado (capital), no necesariamente para su beneficio exclusivo, sino también por los procesos de inversión y consumo decididos por esta clase en el contexto específico de cada unidad de producción bajo su control.

Los modos de producción son el resultado de procesos históricos mediante los cuales una clase social en ascenso se convierte en dominante, construyendo alianzas sociales para forjar su hegemonía, es decir que tiene la capacidad de legitimar y establecer instituciones políticas y valores culturales capaces de movilizar a la mayor parte de la sociedad, a la vez que satisface sus intereses específicos como clase dominante.[2]

Las sociedades están constituidas por una compleja red de relaciones históricamente específicas que son una combinación de modos de producción, modelos de desarrollo, experiencia, poder y cultura. Bajo el capitalismo, debido a que históricamente se ha basado en la esfera económica como fuente de poder y legitimidad, el modo de producción tiende a organizar a la sociedad según su propia lógica sin que se agoten las fuentes de reproducción y cambio social dentro de la dinámica del capital y el trabajo.

Así cuando el capitalismo se ve envuelto en su propia crisis, los modos que adopta para salir de ellas, impactan directamente en la sociedad y por ende a los sujetos que la conforman.

La gran depresión económica de los años treinta, seguida por las secuelas de la Segunda Guerra Mundial, provocó un proceso de reestructuración que llevó al surgimiento de una forma de capitalismo diferente apoyándose básicamente en el pensamiento económico del keynesianismo adoptando sintéticamente las siguientes características: se da un pacto social entre capital y trabajo que a cambio de la estabilidad de las relaciones sociales capitalistas de producción y la adaptación de los procesos de trabajo a los requerimientos de la productividad, reconocía los derechos de las organizaciones del trabajo, aseguraba un crecimiento constante de los salarios y extendía el alcance de los beneficios sociales, creando un Estado del bienestar en constante expansión.

En esta época, se produce una regulación e intervención por parte del Estado en la esfera económica, lo que repercute en un aumento del proceso de acumulación de capital estimulando la demanda de bienes y servicios a partir de favorecer el pleno empleo absorviendo el sector público, el excedente de la fuerza de trabajo.

Este capitalismo regulado por el Estado aseguró un crecimiento económico sin precedentes, un aumento de la productividad y una prosperidad general hasta aproximadamente los años ’70, considerándoselo como la época dorada del capitalismo occidental.[3]

La crisis del sistema en los años setenta reveló la falta de efectividad de los mecanismos establecidos durante todos estos años, para asegurar la satisfacción de las metas básicas de la economía capitalista. El Estado entró en una crisis fiscal provocada por el aumento del gasto determinado por las demandas sociales, el endeudamiento y la emisión de dinero, sumado a esto, las empresas comenzaron a trasladar los costos de producción a los precios provocando altos índices de inflación.

Sobre la base de estas premisas y por la revolución científica y técnica llevada a cabo por los países centrales, se comenzó a perfilar en la década del ’80, un nuevo modelo de capitalismo empeñado en aumentar la productividad y el nivel de explotación por medio de una reestructuración del proceso de trabajo y del mercado laboral, que adopta sintéticamente las siguientes características:

· Una mayor productividad derivada de la innovación tecnológica, con una desigual distribución de la riqueza a favor del capital.

· Salarios más bajos, beneficios sociales reducidos y condiciones de trabajo menos protectoras.

· A nivel internacional, se da una marcada descentralización de la producción a regiones o países caracterizados por bajos salarios.

· Una gran expansión de la economía informal, o sea el conjunto de actividades generadoras de ingreso que no están reguladas por el sistema institucional. Gran parte del desarrollo de la economía informal tiene que ver con la retirada del Estado de bienestar en lo que se refiere a pago de los beneficios sociales y la falta de control en el cumplimiento de la legislación que protege a los trabajadores.

· El debilitamiento de los sindicatos de trabajadores como una meta fundamental y claramente intencionada en este proceso de reestructuración económica. La organización laboral se encuentra en sus niveles más bajos de poder de influencia de los últimos treinta años.[4]

Todas estas transformaciones están sustentadas en un cambio en el modo de intervención estatal en la economía, ya no lo hace sobre la base del modelo keynesiano, pero el Estado no se retira totalmente de la escena económica, sino que adopta nuevas formas de intervención. Nuevas áreas se ven influenciadas, mientras que otras son declaradas de venta libre y transferidas al mercado, estos mecanismos de apoyo estatal al capitalismo se expresan entre otras en minimizar los controles sociales y medio-ambientales sobre el proceso laboral; reducción y privatización de las actividades productivas en el sector público; reforma fiscal regresiva que favorece a las grandes empresas y grupos económicos; austeridad fiscal, con el propósito de alcanzar un presupuesto equilibrado y una política monetaria rigurosa, herramientas fundamentales para controlar la inflación.

Otro mecanismo para la reestructuración del capitalismo es la internacionalización de los procesos económicos para aumentar la rentabilidad por medio de la apertura de nuevos mercados. Esto permite al capital aprovecharse de las condiciones más favorables para la inversión y la producción en cualquier lugar del mundo, esto se traduce generalmente en bajos salarios y una ausencia de la regulación gubernamental.

Las inversiones a escala mundial se ven beneficiada por el desarrollo de la tecnología en las comunicaciones, conectando segmentos del mercado a través de las fronteras, diferenciando cada vez más a las sociedades verticalmente y homogeneizando los mercados horizontalmente.

Algunas cuestiones sobre “el mundo del trabajo”.

Además de su contextualización histórico político que le adscribe particularidades diferentes, el trabajo como categoría analítica es abordada por diferentes disciplinas como la economía, la sociología, el derecho, pero cada una de ellas la comprende parcialmente, por lo tanto para una comprención más abarcaticativa del trabajo como objeto de estudio hay que dirigir la mirada a las relaciones de los diferentes aspectos constitutivos del mismo, el trabajo como valor de cambio, como objeto de contrato, y como expresión de la persona, como sujeto vivo, “…. pues el trabajo opone resistencia a todas esas fuerzas contrarias entre las que se pretende encerrarlo, ante todo a la oposición entre lo económico y la social ….”[5]

Un recorrido histórico y desde corpus teóricos diferentes, nos muestra cómo se identifica el trabajo con la esencia del hombre. Por un lado, es el medio con el que se somete la materia a la inteligencia considerándoselo casi excluyentemente como un valor de cambio en las transacciones comerciales, separando el trabajo de la persona del trabajador, convirtiéndolo en objeto de un mercado especializado: el mercado laboral. Por otro, se lo ha considerado la actividad humana a partir de valores distintos del valor mercantil o sea, la realización de las relaciones del hombre consigo mismo, con los demás y con la naturaleza.[6]

Por otra parte, el empleo, también como categoría analítica y como práctica social se nos presenta más acotado y es objeto del derecho laboral, porque hace referencia específicamente a la condición de asalariado y en una relación de dependencia empleador-trabajador.

A partir de la segunda mitad del presente siglo el empleo, organizó ideológicamente la sociedad. Una sociedad del empleo, genera su riqueza a través de los puestos de trabajo, cuanto mayor sea el número de personas que trabajan de una manera formalmente organizada, mayor será la riqueza transferible, pues lo que gana una persona en su trabajo, le permite adquirir lo que produce otra. En una sociedad de pleno empleo, el puesto de trabajo es la vía que tiene la sociedad de distribuir la riqueza entre sus habitantes y es la fuente de una gran parte del significado de sus existencias”. [7]

De lo expuesto precedentemente, se puede pensar “el mundo del trabajo” como una construcción teorica compleja que involucra varias dimensiones:

· Una dimensión económica relacionada al modo de desarrollo, al régimen de acumulación y a las formas institucionales que se articulan y constituyen el modo de asociación reguladora u ordenadora , en términos weberianos, de la economía. Esto a nivel microeconómico tienen que ver con el tamaño, estructura y el funcionamiento de las empresas, las tecnologías utilizadas, los procesos productivos, la naturaleza de los productos generados, la situación financiera, las relaciones de trabajo, etc.

· En la dimensión sociológica, el trabajo y el empleo es un bien apreciado, por cuanto se trata de un capital social y simbólico que provee de bienes materiales y no materiales y que tiene una alta significación en la vida de las personas. En efecto, no sólo se constituye en la principal fuente de ingresos y por lo tanto, de supervivencia de las familias, sino que además provee de prestigio y de relaciones sociales que organizan su cotidianidad bajo formas de realizaciones y valoraciones. Al vender su fuerza de trabajo los trabajadores reciben un valor, el salario, no siempre suficiente para sufragar los bienes y servicios que aseguren la producción y reproducción de la fuerza de trabajo, que, desde el punto de vista del capital, representa el costo de reproducción de la fuerza de trabajo, pero para los individuos representa las posibilidades de acceso a otros bienes y servicios estratégicos (educación, prestigio, reconocimiento, poder)[8].

· Desde la dimensión jurídica el trabajo es un derecho humano fundamental, una de las actividades más nobles que desarrollan los seres humanos fuente de derecho. La función instituyente del derecho tiene lugar en dos planos; por un lado, el del funcionamiento del mercado, en particular el mercado laboral, donde se fijan las reglas del intercambio, esto es, el derecho de los contratos, lo que implica definición de los principios de “libertad e igualdad” entre quienes actúan en ese mercado, libertad e igual entre comillas, por cuanto las relaciones que se dan en el mismo, están determinada por la apropiación monopólica de la libertad formal por parte de los poseedores de los medios materiales de producción. Por otro lado, el de las relaciones entre el mercado y los ámbitos de la vida social que no pueden obedecer a las reglas del intercambio mercantil, en particular el ámbito de la vida privada. Aunque no se puede concebir una economía de mercado sin mercados laborales en los que el capital subordina a los hombres necesarios para generar valor, esta subordinación está regulada por el derecho laboral, que junto con la seguridad social es la gran invención jurídica del presente siglo, pero la conjunción de cambios técnicos y políticos hace que el comercio internacional gane terreno y socave los ordenamientos nacionales siendo los derechos laborales los más afectados, sospechosos de entorpecer la eficacia económica.[9]

“Fragmentación del mundo del trabajo”
La idea de fragmentación se presenta como lo opuesto a unidad que en un sentido literal da cuenta de la presencia de acuerdos y suma de voluntades para el logro de fines, por lo tanto la fragmentación, es la ruptura o quiebre de esa unidad transformándose en partes o segmentos que aunque mantengan intrínsecamente cierta unicidad, se ven obstaculizadas para recomponerse en un todo orgánico conservando las características iniciales.
Aplicando esta idea de fragmentación al denominado “mundo del trabajo”, según la perspectiva tridimensional presentada aquí, me animaría a decir que se homologa más con los aspectos sociales y con el derecho laboral y la seguridad social mas que con los económicos, por cuanto tiene que ver con las personas que viven del trabajo, esto es, con los que cuentan sólo con el ingreso derivado de invertir sus capacidades laborales y no con la inversión de capital.
La dimensión social del trabajo presenta actualmente condiciones objetivas externas de características inéditas, altos índices de desocupación, subocupación, inestabilidad, precariedad laboral, bajos salarios, pobreza estructural y la exclusión de amplios sectores de la población del sistema productivo.

Los sujetos que viven de su trabajo se encuentran en un estado de indefensión frente a la ausencia de una acción proteccionista del Estado a nivel individual y colectiva dado que además ha quebrado intencionadamente a las organizaciones gremiales dejando a los trabajadores sin representación colectiva organizada, como lo fuera el sindicalismo argentino hasta la década pasada. No se trata aquí de reivindicar ciertas práctica asumidas por los dirigentes de las organizaciones gremiales a veces más obstaculizadoras que facilitadoras para encontrar soluciones en los momentos de crisis, pero la ausencia total de organizaciones sociales le hacen mal a la democracia.

Por otro lado, frente a la amenaza permanente que sufren los trabajadores por la inestabilidad y precariedad laboral actual, bastos sectores autoreprimen su necesidad de demandar individual y colectivamente, mejores condiciones de trabajo y mejores salarios, por temor a “perder el laburo” en términos cotidianos.

La falta de demanda de trabajo, tanto asalariada como no asalariada, frente a la magnitud actual de la oferta de mano de obra, está dejando un importante sector de la población económicamente activa, excluida del mercado laboral y en mucho de los casos, según el tiempo que revista en situación de desocupado, según el nivel de capacitación que detente o según al grupo etáreo al que pertenezca, entran a engrosar la categoría de “prescindibles”, por cuanto no responden a las exigencias actuales del mercado laboral.

En este contexto la ocupación informal, el trabajo “en negro” los contratos de tiempo determinado, el trabajo a prueba, los bajos salarios, como así también la sobreocupación para alcanzar un ingreso que les permita a los sujetos satisfacer sus necesidades básicas de subsistencia, da lugar a una ciudadanía de “baja intensidad”[10].

Estas condiciones sociales objetivas de la problemática laboral, repercuten en el sistema de relaciones sociales, de los sujetos. El trabajo en tanto eje estructurador, en crisis,[11] afecta el ámbito privado y público de la esfera de la vida cotidiana. En el ámbito privado se observa un repliegue a la vida doméstica, en búsqueda de seguridad y protección, no necesariamente exenta de conflictos, la precariedad o carencia de una actividad laboral onerosa, posiciona al sujeto y a su grupo familiar en situación de vulnerabilidad y riesgo social, por cuanto puede entrar en una caída libre cuando las redes sociales e institucionales de protección se encuentran debilitadas.

La situación descripta genera, a modo de correlación positiva, ausencia de participación concreta en el ámbito público por la falta de participación en las organizaciones sociales y cuando se da, generalmente es en pos de intereses particulares o sectoriales para mejorar su posición y no en términos del interés colectivo.

Las organizaciones por excelencia para velar por el interés general y que ofician como órganos de mediación entre el Estado y la sociedad civil, son los partidos políticos. Por lo general este espacio de participación, es demandado por los grupos menos favorecidos social y laboralmente, sólo como portadores de recursos para satisfacer necesidades materiales inmediatas como son los alimentos, vestimenta, medicamentos etc. y mediatas, por cuanto la perciben como una potencial fuente laboral ya sea para realizar tareas puntuales generadoras de ingreso en épocas pre electoral o como medio para la consecución de un empleo, transformándose entonces en una atractiva fuente de empleo.

Frente a esto, el rol de los partidos políticos de desvirtúa y sobre todo porque a veces no se puede escapar de los requerimientos concretos de la gente más desamparada, aunque a veces se reproduce, deliberadamente prácticas clientelísticas con propósitos electoralistas.

Las formas de acción colectiva más prevalecientes en la actualidad, tienen que ver con la constitución de múltiples formas asociativas, que demandan algún tipo de reivindicaciones sectoriales con escaso o nulo poder de negociación, por la falta de unión para luchar por objetivos comunes que persigan el bien general, que redunde tanto en beneficio de las mayorías como de las minorías, un ejemplo pertinente son los sindicatos que si bien siempre han representado sectores de trabajadores, sus mayores logros lo han alcanzado cuando la lucha ha sido canalizada por las centrales u organismos que los nuclea.

En la argentina de los ’90 el debilitamiento del sindicalismo se da justamente por decisión, solapada, del partido gobernante, al que históricamente han apoyado.

Resumiendo, la falta de participación social de la ciudadanía, por los motivos que fuere, no contribuye al fortalecimiento del sistema de vida democrático, tan caro para los argentinos.

En la dimensión jurídica nuevas leyes laborales dejan en estado de indefensión a los trabajadores por las pérdidas de algunas de las conquistas sociales alcanzadas durante la vigencia del estado de bienestar. Las regulaciones laborales se interpretan como factores de interferencia que perturban la espontánea adecuación de oferta y demanda en el mercado y son percibidas como costos que deben controlarse y limitarse y en cuanto sea posible, suprimirse. Esta perspectiva traduce por un lado, modos de contemplar las normas desde la economía pero otra, es la orientación preponderantemente social que inspira al derecho del trabajo.

Como es sabido, no sólo a través del debate parlamentario surge la legislación, sino que a veces, son el resultado de luchas de poder entre los sectores involucrados con intereses particulares, a través de las cuales se llega a consensos o bien algunos de ellos logra imponer su pensamiento en forma hegemónica, según logre mayor o menor adhesión del poder político, que en última instancia, es quien plasma determinados intereses en las norma jurídicas.

Para ilustrar lo expresado precedentemente, resulta interesante explicitar aquí, parte de las conclusiones de un análisis de la lucha que se llevó a cabo en el campo político, alrededor de los decretos sobre flexibilización laboral impulsados por el Poder Ejecutivo Nacional entre los agentes representantes del gobierno, del empresariado y del sindicalismo, desde una perspectiva teórica y metodológica de P. Baudeau.[12]

Durante el mes de enero de 1997 adquiere relevancia periodística la problemática laboral a raíz de los decretos sobre flexibilización laboral que emite el Ejecutivo Nacional en el mes de diciembre del año anterior.

Dichos Decretos amenazaban la situación de los trabajadores, bajo la pretensión de solucionar el problema de la desocupación que, desde 1994 alcanzó índices preocupantes en el país.

El gobierno sostenía tener facultades para reglamentar leyes laborales existentes, como argumentación posterior a los fallos de la justicia sobre la inconstitucionalidad e inaplicabilidad de esos decretos.

Esta situación fue redefiniendo la posición de los agentes sociales involucrados en el campo de luchas, delineando un sistema de relaciones entre el gobierno, el empresariado y el sindicalismo para lograr que la problemática de la reforma laboral se resuelva de acuerdo a los intereses específicos de cada uno de ellos.

El sindicalismo utiliza recursos del campo judicial para evitar que los decretos se apliquen, que en esta oportunidad, los fallos judiciales sorprendieron tanto a los agentes involucrados, como a la sociedad en su conjunto, favoreciendo al sindicalismo para posicionarse con mayor fuerza en el campo de lucha, lo que le permitió exigir la ampliación del temario de discusión, es decir considerar aspectos de la política económica además de la flexibilidad laboral.

Como consecuencia del respaldo de la decisión judicial a sus intereses, el sindicalismo se reencontró temporariamente con su rol histórico, de defensa de los derechos de los trabajadores y su preocupación por la desocupación, encontrándose peleando una muy dura batalla, con intereses específicos contrapuestos. Por un lado debió confrontar con el oficialismo, al que están ligados partidariamente. Por otro, tenían que lograr mejorar su posición en el campo para que sus representados no se vieran perjudicados, orientando también su lucha, a la defensa de la permanencia legítima de la institución sindical que se veía permanentemente atacado por el empresariado, quien lo deslegitimaba ante la sociedad, desvalorizando su representatividad.

Por otra parte, el empresariado, haciendo uso del mayor volumen y estructura del capital tenía mayor poder acumulado y estaban en mejores condiciones de presionar para que la reforma laboral se definiera de acuerdo a sus propios intereses, dado que el poder que poseen se asienta en primer lugar en que son los poseedores del capital específico del ámbito laboral (el empleo) del capital económico y además del capital social estructurado sobre la base de una amplia red de relaciones, tanto nacionales como internacionales con capacidad de jugar a su favor en el campo de lucha.

En ese momento, el ala política del gobierno atacaba al empresariado, cuestionándolos por su falta de compromiso con la problemática del desempleo, pero el área económica los apoyaba, asegurándoles que la política económica no se vería afectada por las pretensiones del sindicalismo. El gobierno asume así una estrategia pendular que lo posiciona por un lado, hacia el sector empresario, favoreciéndolo con los decretos sobre flexibilización y por el otro, hacia el sindicalismo cuando cuestiona públicamente al empresariado exigiéndosele definiciones.

Los gremialistas pretendían que se convirtiera en árbitro entre el capital y el trabajo, y los empresarios en cambio querían que el gobierno -haciendo uso de su poder – implementase la reforma laboral por decreto, modificando su pretensión original de mayor seguridad jurídica.

El gobierno en este campo apunta a moderar el enfrentamiento entre los agentes, generalizar la responsabilidad del desempleo y minimizar el costo político de esta lucha, especialmente siendo ese un año electoral.

Aún cuando la intención del gobierno era lograr un proyecto de ley de reforma laboral consensuada que llegara al Congreso lo más pronto posible, esto no se logra por falta de definición de lo que está en juego, los temas a incluir en la discusión.

Para el empresariado, las prácticas en el campo de juego se orientaban completamente hacia la concreción de sus intereses específicos.

El sindicalismo no cedió en sus aspiraciones, insistían en tratar en las reuniones tripartitas, aspectos de la política económica que afectaban el empleo.

Entre los miembros del ejecutivo no había una posición homogénea, el Ministerio de Trabajo adoptó una postura dura hacia el empresariado, mientras que Economía acercaba las posiciones hacia ellos.

La relevancia que adquiere esa lucha durante el primer el mes de enero de 1997 se ve diluirse en el tiempo, dejó de estar en la agenda pública con igual intensidad, durante varios meses.

La flexibilización laboral se fue naturalizando en la sociedad, existiendo una flexibilidad de hecho, debido al desequilibrio en el mercado de trabajo y el empleo. Esto lleva a situaciones cada vez más agudas de precarización laboral, contrataciones laborales por cortos períodos de tiempo empleo informal, subempleo, pobreza y exclusión social y como criterio orientador de las negociaciones salariales, se lo relaciona al concepto de productividad, que en la práctica significó estancamiento del valor real del salario para la mayoría de las actividades.

Estas nuevas cuestiones sociales, hacen que los principios del derecho del trabajo se conviertan en meros enunciados por la imposibilidad de equilibrar las diferencias preexistentes entre el trabajador y el empleador debido a que la falta de empleo y de trabajo en general, hace que las personas renuncien a ser sujetos de derecho, para poder realizar alguna actividad que le proporcione medios para vivir.

Goldín en su artículo Regulaciones Laborales y Empleo expresó ” … Las decisiones relativas a la instalación, diseño o supresión de normas debe tener en cuenta sus variadas implicaciones en términos de significación económica, de sus proyecciones sobre el mercado de trabajo y el empleo y en último lugar, pero no menos importante, de las necesidades de protección legal y de equidad social”.[13]

Por ultimo la dimensión económica planteada como otro de los aspectos constitutivo del denominado “mundo del trabajo”, si bien ha sufrido transformaciones frente a períodos de crisis recesivas o hiperinflacionarias en algunos momentos históricos, no pareciera verse enfrentada a una genuina “fragmentación” por cuanto presentaría ciertas capacidades intrínsecas de poder, para recomponer su posición dentro de la estructura social, que a su vez determina.

Se podría decir que el sistema económico de las sociedades capitalistas occidentales, se ha erigido generalmente como poder hegemónico aún en los períodos de mayor intervención del Estado en la economía y cuando ésta le ha resultado demasiado adversa a sus intereses, ha adoptado diferentes estrategias dando paso a nuevos formas de capitalismo, sustentados generalmente en alguna corriente de pensamiento económico, logrando adhesiones y consensos de ciertos sectores sociales y políticos y porque no académicos.

Reflexión final.
Durante el siglo que viene, por lo menos en sus inicios, afirma Alain Lipietz[14], permanecerán las relaciones mercantiles y salariales, por lo tanto continuaremos dentro del sistema capitalista. La cuestión se centra en saber hasta qué punto este capitalismo será transformado por valores progresistas. La solidaridad, es decir no permitir la exclusión y la autonomía, es decir que cada cual pueda hacerse cargo de su propia vida y de la responsabilidad ecológica, tiene que ver con el derecho de la vida sobre la tierra y el derecho de las generaciones futuras.

Y también dice Lipietz ”… hay varias vías para el capitalismo, hay algunas en las cuales las aspiraciones populares serán rechazadas y otras en las que las aspiraciones populares pueden progresar.”

Yo me animaría a decir que en el capitalismo actual que nos toca “sufrir” en estas latitudes, no hay lugar para las aspiraciones populares, todo lo contrario.

Sin lugar a dudas, el sistema capitalista provee de capitales y de los medios materiales para la producción de bienes y servicios que una sociedad necesita pero que a su vez, depende de los hombres en tanto productores y consumidores a los que paradójicamente los excluye tanto del aparato productivo y por ende de la capacidad de consumir.

El trabajo ha sido siempre una preocupación constante de los hombres presentándose épocas de plena escasés del bien lo que conlleva a la precarización laboral. Bajo el sistema capitalista que adhiere a la libertad de mercado, la posición de los que viven de su trabajo y que no ostentan la propiedad de los medios materiales de producción, se posicionan en desventaja en el campo de lucha respecto del capitalista, demandante de empleo. Las políticas estatales juegan a aquí un rol preponderante para mantener el equilibrio, que no se logra con la mano invisible del mercado.

Por el sólo hecho, de darse una desigual distribución de la riqueza, el trabajo ha presentado siempre alguna forma de violencia, pero a su vez la alta significación que se le adscribe en términos de satisfacción personal, prestigio social, relaciones sociales, hace que esta institución ponga en marcha mecanismos de control no sólo desde la violencia sino apelando a la fascinación o seducción, como expresa Enriquez.[15]

Hasta hace un poco más de tres décadas el trabajo estaba resuelto en la mayoría de las sociedades capitalistas. Coincidía con una época de pleno empleo sustentado sobre el modelo económico keynesiano a partir del cual se instrumentó el moderno estado de bienestar. Para este Estado, la seguridad laboral, objetivado en la ley, constituía un derecho legítimo de las personas, regido por una relación laboral perdurable y por instituciones que regulaban esa relación, en tanto que el capital asumía los riesgos. En el modelo económico actual, el capital reclama seguridad y traslada la inseguridad a los trabajadores. El pleno empleo deja de ser un objetivo de las políticas económicas, la seguridad de las inversiones es lo que debe ser protegido, en tanto que las personas debe asumir la inestabilidad de sus ocupaciones.

La visión meramente mercantil no puede dejar de considerar indefinidamente la suerte que corren los hombres en la esfera laboral. La eficiencia y eficacia que demanda el proceso productivo y que requiere del mercado laboral con el consecuente desmoronamiento o el deterioro de los derechos conferidos al trabajo, significa para unos, falta de trabajo y prescindibilidad social y para otros, exceso de trabajo e indisponibilidad para la sociedad; dos formas diferentes de alejamiento o ausencia de participación del hombre en la vida social, base de los sistemas democráticos.

Por lo tanto estas dimensiones planteadas como ejes constitutivos del mundo del trabajo, se ven interactuando en el campo de la política en tanto sistema de relaciones dentro del espacio social global, debiendo dar paso a un nuevo posicionamiento de la ciudadanía, mediante la reconciliación entre la eficacia económica con el respeto de las personas, para lo cual se debiera elaborar un modelo discursivo desde el ámbito político y académico, orientado a tener en cuenta todos los imperativos que intervienen en la cuestión del trabajo: los de la empresa, los de los trabajadores y los de toda la sociedad.[16].

La estabilidad en el empleo es más que un ingreso permanente. Con el cambio de empleo o la falta de trabajo se afecta la seguridad, desaparecen los amigos y compañeros de trabajo, se rompen los lasos de solidaridad sometiendo a las personas a un aislamiento perverso que lo afecta en su esencia, se lo ha desvalorizado como ser humano y social.

En este punto de la reflexión creo que hay que revalorizar al hombre, con independencia del lugar que ocupe en la división del trabajo, frente a esta sociedad materialista que pone énfasis en generar permanentemente nuevas necesidades a través de la promoción de nuevos productos, utilizando las más diversas formas de comunicación social.

Desde los ámbitos académicos y políticos y utilizando los mismos medios de comunicación deberíamos también promocionar al mejor producto de la naturaleza, el ser humano.

BIBLIOGRAFÍA

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[1] Castells,Manuel. La ciudad informacional.Tecnologías de la información,reestructuración económica y proceso urbano-regional. Alianza Editorial. Madrid.1995, cap.1

[2] Ibídem pag.32-33

[3] Ibídem, pag 33

[4] Ibídem pag.53 y 55

[5] Supiot,Alain. “Introducción a las reflexiones sobre el trabajo” Revista internacional del trabajo, Volumen 115, Número 6. Organización Internacional del Trabajo. pag.7

[6] Dominique Medá, cita de Alain Supiot, Revista internacional del Trabajo, op.cit.14

[7] Francisco Delich. El desempleo de masas en la Argentina. Grupo Editorial Norma. S.A.Buenos Aires. 1997. Cap.2.

[8] Tenti Fanfani, Emilio.”Cuestiones de exclusión social y política”. En Desigualdad y Exclusión. UNICEF/Losada.1993

[9] Supiot op.cit.pag.9.

[10] Gutvay,Mónica y otra. Trabajo y Política social.Análisis de lo normativo y desdela experiencia en la provincia de San Luis. Revista Kairos. N* 3. FICES.1999

[11] Ibídem

[12] Becerra María E.; Mirna Dorzan.: “Hacia la construcción del campo laboral” Mímeo.

[13] Adrián GOLDIN. Libro Blanco sobre el Empleo y el Trabajo en La Argentina. Cap.Regulaciones Laborales y Empleo. MTSS. Buenos Aires. 1995. pag. 223.

[14] Alain Lipietz. El padre y la madre de la riqueza. Trabajo y ecología. Asociación Laboral para el Desarrollo. Lima. 1995. Pág. 119

[15] Enriquez,Eugene. “L Organización en Analyse”1992. Traducción Duilio Marano.Compilación: Ana M. Correa.

[16] Ulrich Muckenberger

La fragmentación del mundo del trabajo y sus implicancias políticas

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