Julia Buta

Ciencias de la Comunicación

Facultad de Ciencias Sociales

UBA – Argentina

Los últimos avances en las tecnologías informáticas vinculan de un modo cada vez más estrecho al hombre con las máquinas; la sociedad en la cual vivimos nos impone un interactuar constante con aparatos electrónicos, sistemas bancarios basados en la informática, manejo de aparatos mediales (teléfonos, TV, videos), computadoras. El tipo especial de máquinas que son las computadoras -elemento central en esta sociedad de la información- funciona como paradigma para pensar y tratar de entender las nuevas relaciones sociales que la transformación tecnológica plantea, pero también genera nuevos mecanismos en los modos de conocer y transforma nuestras capacidades cognitivas.  A partir de este planteo, intentamos reflexionar en este trabajo y hacer una síntesis sobre algunas cuestiones que observamos relevantes y constitutivas del nuevo entorno en el cual nos vemos inmersos.

 

 

  1. La dimensión virtual

Corresponde señalar que, en la sociedad del conocimiento, la información se ha convertido en uno de los recursos críticos y centrales en tanto permite desarrollar más los demás, como por ejemplo los humanos, los naturales y los financieros. La tecnología computacional ha devenido en la encargada de transmitir los “paquetes” informacionales, con lo cual desempeña una de las metáforas centrales para comprender esta vinculación con algo que es a la vez racional  y artificial, que nos introduce en una dimensión cognitiva inédita que marca fuertes restricciones al acceso. La virtualidad resulta una dimensión que inaugura prácticas sociales novedosas que se basan en una innovación tecnológica: el soporte electrónico permite nuevas formas de comunicación y nuevas maneras de vincularse y considerar los actores intervinientes en el sistema cultural de intercambio comunicacional. Lo virtual emerge como dimensión no contemplada en la dualidad realidad/ ilusión, verdad / engaño, existente/ inexistente. Probablemente sea mejor pensarlo como actualización de una potencia, de una posibilidad, que permite abrir un dominio de interacción que ocurre en la simulación, dominio éste, el simulado, que rompe con la unidad temporal de la historia, que crea la oportunidad de acción en un espacio no próximo, que recurre a una organización hipertextual del texto que permite infinitas vinculaciones con otros textos, que crea una navegación en la cual la impronta es una construcción del usuario instalado en una amplia red. Esta nueva constitución de la comunicación social, ligada de un modo íntimo a los avances en las interfases, fragmentan la experiencia y aceleran las prácticas hasta crear referencias muchas veces desvinculadas del “aquí y ahora” para pasar a simular conductas coordinadas con otros, tal vez lejanos y ajenos, pero que funcionan como reales.

Todas las actividades en el espacio de lo social se ven afectadas por la introducción de las reglas que se crean en lo virtual: comunicaciones interpersonales íntimas, laborales, modalidades educativas, gestión pública y de negocios, intercambios económicos. Internet mediante, la información se consagra como la médula sobre la cual se edifican las acciones sociales, estableciendo una presencia humana permanente pero siempre en una relación estrecha con las tecnologías, relación que se retroalimenta generando nuevos avances tecnológicos, que permiten nuevas acciones humanas, que permiten nuevos avances tecnológicos, que generan nuevas acciones humanas, y así sucesivamente. La característica constitutiva de la virtualidad es esta relación horizontal entre el hombre y las tecnologías.

 

  1. Las relaciones sociales

Las economías de esta etapa del capitalismo ponen el acento en el conocimiento y en la información: comienza a popularizarse el nombre para esta nueva sociedad de sociedad del conocimiento porque la misma se basa en una búsqueda constante de mayor información y de mayor construcción de conocimientos. Pero no solamente mayor cantidad de información para hacer frente a un entorno cada vez más variable, sino también una cantidad de información que nos remite a una ruptura con la tradición y nos sume en el contexto de la innovación permanente. Hay autores que diferencian esta nueva forma de vinculación de lo social llamándola tercera ola (Tofler), tercera fase (Simone), sociedades postindustriales (Lyotard), sociedades informacionales (Castells); el denominador común de esta distinción radica en considerar el conocimiento y la información como los materiales esenciales a partir de los cuales se construye la riqueza en este mundo, convirtiéndose la educación en la certificación clave para acceder al trabajo generador de ganancia. A diferencia de las sociedades industriales, basadas en la propiedad de los bienes que las clases sociales exhiben como cristalización de su posición, el intangible conocimiento requiere de la posibilidad del acceso que se garantiza desde mecanismos mucho más complejos que la simple tenencia. El acceso al conocimiento y a la información será indispensable para la constitución de la libertad democrática en el nuevo orden social. Se revierte la pregunta de ¿quién tiene más? por la pregunta ¿quién es capaz de acceder?

Esta nueva forma del establecimiento de las relaciones sociales, obviamente, produce una transformación profunda en el tejido social. Las sociedades desarrolladas se estructuran en torno a una economía en donde la novedad adquiere la jerarquía de operar en concordancia con la valorización del individuo. El individualismo moderno se liga a la consagración de la innovación: en las sociedades industrializadas, el individuo autónomo surge afirmándose contra las imposiciones del pasado; “el culto a las novedades estimula el sentimiento de ser una persona independiente, libre de elegir, que no se rige ya en función de una legitimidad colectiva anterior sino a partir de la dinámica de su razón y sus sentimientos”[i]. Los estados valoran, en este proceso, las iniciativas privadas; las retoman como herramientas para guiar la sociedad hacia el avance sobre el tiempo.

Reaparece con mayor énfasis la concepción de que el conocimiento pasa a tener un valor económico. Desde las teorías económicas más clásicas hasta las de corte neoschumpeteriano o las evolucionistas, todas valoran el papel que el conocimiento desempeña en el crecimiento económico; pero sólo recientemente, en algunos análisis, se puede observar que el crecimiento económico está relacionado directamente con la inversión en educación y entrenamiento de la fuerza laboral. Considerar el conocimiento como uno más de los factores de producción no es una tarea sencilla, sobre todo porque capital y trabajo siempre se han definido como recursos escasos mientras que el conocimiento y la información tienden a ser abundantes y a aumentar, y más bien se perfilan como un recurso inagotable. Esto constituye un desafío teórico para repensar.

Hay una idea ya aceptada entre los científicos sociales de que las creaciones tecnológicas surgen a partir de una compleja interrelación de diferentes actores; en la creación de un nuevo producto tecnológico intervienen investigadores, ingenieros, diseñadores, inversores, usuarios, comerciantes, empresarios, entidades bancarias, organismos y oficinas públicas, etc. Es decir, es el resultado de conocimientos heterogéneos distribuidos en distintos planos y que puede ser considerado una creación colectiva.

Los insumos que se utilizan en la nueva producción son, en modo cada vez más creciente, intangibles, no materiales, a diferencia de lo requerido en la producción en masa fordista. La información y el modo de organizarla intervienen cada vez más en la misma estructura de la empresa. Los modos de organizar la información transforman las empresas en verticales u horizontales, según como fluya la información en ellas. Así es como se conocen diferentes modelos de gestión: alemán, americano, japonés. Esta forma de organizar el trabajo requiere de la flexibilidad de los trabajadores, quienes –al menos en una concepción ideal-  ya no se especializan en una sola tarea sino que saben del proceso completo en la fabricación.

 

 

III. La alteración que la tecnología impone

Para intentar echar luz sobre estos hechos, creemos que es imprescindible un análisis de la informática no sólo concibiéndola como un modo de conocimiento sino también como una forma de la tecnología. Desde una determinada perspectiva, las máquinas se consideraron como herramientas que marcan la extensión del cuerpo humano, pero entendidas como extensiones artificiales. Sin embargo, la tecnología no es solamente un producto; es evidente que la computadora crea nuevas posibilidades de acción sobre el entorno, lo modifica, establece capacidades nuevas, hace emerger valores sociales y patrones de conducta diferentes. No podemos desconocer el debate que se origina en las diferentes posturas filosóficas que surgen a partir de la aceptación o rechazo de las tecnologías. La literatura del siglo XX, a partir de 1945, tiende a sostener una postura de determinismo tecnológico pero en una versión pesimista, ya que aparentemente el avance y el cambio acelerado de la tecnología se presentan como inexorables. Es impensable la vuelta a un estado pretecnológico -el cual para algunos autores casi podría resultar idílico- dada la intrínseca vinculación de este estadio social del capitalismo con el desarrollo de las nuevas tecnologías, pero en una mirada ex post de lo producido durante el siglo XX la versión pesimista se consolida. A partir de 1945 se acrecienta la idea de la deshumanización del mundo, de los crecientes “efectos sociales perversos” que la ciencia y la tecnología desencadenan, de la expansión del totalitarismo político que utiliza como brazo ejecutor el conocimiento de punta. Se escuchan voces que plantean la trampa insalvable de los mecanismos de dominación que se han despertado en los propios inicios de la modernidad y, como un destino trágico, del cual la humanidad toda queda presa no para acceder a una vida mejor sino todo lo contrario. Distintos autores braman por una vuelta rigurosa a la ética en las conductas, mientras que otros vinculan la trama de la política como acaecer inexorablemente emparentado con las realizaciones tecnológicas. Como consecuencia de esta fuerte crisis y ruptura de las ideas básicas de la modernidad, se va gestando una tecnofobia que desembocará en una concepción posmoderna de la ciencia y la tecnología como “relato” que convive con otros relatos.

Pero antes, en los inicios del siglo XX, pervivía aún una versión más ligada al positivismo y a la idea de progreso, provenientes de fines del siglo XVIII. Entendida la tecnología como máquinas realizadas por la industria, la mecanización se presentaba como una forma de igualación de las diferencias que la dimensión humana incluye en los procesos de producción. El sueño de la racionalización de las acciones de los agentes sociales avanzaba en los distintos frentes del ámbito social: la organización burocrática del Estado, el fordismo y el taylorismo en el trabajo industrial, la mecanización de las tareas cotidianas con la aparición de los electrodomésticos, la expansión de los medios de comunicación. Esta instancia de homogeneización, para la cual la concepción mecanicista vino como anillo al dedo en la eliminación de las diferencias, tuvo como resultado la implementación de lo mecánico en una doble vertiente: las máquinas representaban, por un lado, estar vinculados al progreso, y por otra parte, un disciplinamiento por el cual era posible la imposición de un orden político. Las tecnologías se consideraron como las que determinarían el curso de las sociedades, porque con ellas se podría controlar el orden uniforme de sus agentes.

Si en los inicios del siglo XX los procesos mecánicos cumplieron este rol ordenador y organizador de lo social, en la culminación del siglo y en los albores del XXI la evolución de los procesos mecánicos ha desembocado en complejas tecnologías informáticas que se expandieron, por características que desarrollaremos más adelante, horizontales en todos los ámbitos de la vida contemporánea. A partir del desarrollo de la computadoras y las tecnologías informáticas, muchas tareas requirieron de la superioridad que la máquina ha mostrado en capacidad de memoria, velocidad de procesamiento, automatización de procesos. Parecía que la máquina estuviera desplazando al hombre, con el consiguiente temor que ello implicaba, configurando un entorno en el cual lo artificial fue ingresando como estándar de racionalidad. La creación de grandes bases de datos, la instalación del concepto de red para operar, la introducción de la simulación que aumentaba la posibilidad de realizar experimentos controlados, el crecimiento de los modelos estadísticos, todo ello descansó en las posibilidades que la informática había inaugurado.

Poder tratar con fenómenos físicos y sociales de naturaleza compleja ha permitido la explosión científica del siglo XX en la medida que ha acercado al hombre a dimensiones inimaginables de ser alcanzadas por la experiencia. El uso de las computadoras ha permitido simular (de un modo más veloz y más económico que mediante la experimentación) ciclos económicos, migraciones de población, conflictos internacionales, disminución de la capa de ozono, estructura del ADN. Es decir, que el uso de esta tecnología intangible ha permitido irrumpir en casi todas las áreas de interés. Porque la informática no es solamente la computadora como instrumento; lo que ha permitido semejante éxito en el avance de las investigaciones es una batería de metodologías informáticas que se emplearon para la resolución de problemas: teorías matemáticas elaboradas, diseños de softwares específicos, desarrollos cibernéticos, todo ello conformando este cambio revolucionario que ha reconfigurado el entorno a partir de una modelación del hombre sobre el mundo que lo rodea, y en el cual se ha ido tejiendo la trama de la propia identidad.

El desarrollo que han tenido las computadoras ha permitido que paulatinamente se vaya imponiendo un patrón de organización artificial, no uno extraído de la naturaleza. Es digno de destacar que en cualquier sistema informatizado, el cuello de botella siempre radica en el elemento más lento, el que requiere de más tiempo para transmitir la información, y ese elemento es el hombre. Con lo cual la informática alberga en sí un conflicto cuyas dimensiones merecen ser analizadas: esta tecnología podría, hablando en términos exclusivamente teóricos, excluir al hombre de su seno en tanto su crecimiento es exponencial y no requiere prácticamente de la intervención humana.

La evolución de las computadoras también ha permitido pensar que las respuestas que las mismas han ofrecido al entorno son las respuestas ideales, modélicas, que los seres humanos deberían alcanzar en sus respectivas conductas. Las computadoras, en la medida que se fue difundiendo su uso, impusieron su funcionamiento rápido, veloz, fiable, como estilo de trabajo racional que debía ser alcanzado en una gestión de tipo eficiente. No es casual que los organismos internacionales siempre recomienden, para países como los nuestros, reformas en la administración gubernamental que van de la mano con la introducción de la racionalidad previsible, organizada en unidades discretas, propias de la computadora. Los elementos de un sistema, sea cualquiera del cual se trate, tienden a reducirse a modelos que no integran las diferencias culturales sino que más bien van camino a estandarizarlas. Es así como se impusieron esquemas predeterminados para resolver problemas, quedando desintegrados aquellas modalidades que no se consideraron susceptibles de ser reducidas a definiciones numéricas, o que no fueron concebidas como previsibles, o que no parecieron ordenadas, etc. Predictibilidad, previsibilidad, mismidad, continuidad, repetibilidad: una configuración de las acciones prácticas que ha logrado imponerse.

Toda la literatura referida a gestión reivindica el modelo de organización que se basa en una metáfora de la computadora: información rápidamente disponible, funcionamiento en red, organización de la información privilegiando la objetividad y la neutralidad, sumidos en un espacio/ tiempo que se abstrae de la realidad inmediata, vinculándose en un sentido más estrecho con lo distante. Cualquier empresa organiza su tarea en torno a la incorporación de actores sociales lejanos en el espacio (socios en el exterior, dependencias extranjeras) junto con los actores locales (de cuerpo presente, in situ, los que no pueden abandonar el terreno). Se instalan prácticas transnacionales que se incorporan a las rutinas de la administración, todas sustentadas en la organización informática.

 

IV.  La omnipresencia de las redes: igualdad entre hombres y máquinas

Si pensamos en la constitución de las redes, se hace evidente que elementos muy distintos se ponen en interrelación. Pensando en redes informáticas, las mismas están integradas por máquinas, personas, softwares, módems, teléfonos, textos. Elementos de naturalezas absolutamente disímiles se integran, conformando ora el nodo ora la red por donde fluye, se concentra y se distribuye la información. Algunos autores conceptualizan desde una perspectiva social este interactuar de elementos heterogéneos, abriendo el ingreso a constituyentes no humanos en la problematización de lo social. De esta manera conviven actores que a veces dominan y a veces son dominados, alternando momentos en que son actores con iniciativa y otros en que carecen de ella. Las relaciones de los seres humanos con el entorno artificial que los rodea va perfilando que se requiere de una postura sumamente atrevida: abandonar la distinción entre naturaleza y cultura, entre lo social y lo maquínico. Sentirnos en situación de igualdad con ascensores y teléfonos, con cajeros automáticos y computadoras, nos remite a la sutura de la cuarta discontinuidad que plantea Mazlisch. Si ya no existen prioridades de lo humano sobre la máquina, si lo artefactual no se erradica del análisis, entonces se divisan nuevas identidades en la práctica de las acciones.

Los seres humanos se caracterizan, según cierta teoría social, por su agencia, es decir, por un conglomerado de capacidades y de prácticas que constituyen la condición de lo humano. Pero cada vez resulta más complejo intentar adjudicar ámbitos absolutamente inconexos entre lo propiamente humano una vez que se lo considera inserto en un mundo histórico, evolutivo, que es un mundo configurado desde la tecnología. Pensar en términos de redes implica incorporar, para hablar acerca del hombre, todo lo que no es el hombre: los animales, las máquinas. Lo que tradicionalmente no era problematizado por la ciencia social pasa a integrar el nudo crítico de reflexión acerca de lo social: la deslocalización e indiferenciación de los distintos actores intervinientes, la rapidez de comunicación y mutua influencia (tal vez mejor, co-determinación) entre los elementos que conforman la red, la intercambiabilidad (tal vez flexibilidad) en los roles ora pasivos, ora activos que a los componentes les toca desempeñar, otorgan una impresión de gran proceso igualitario y democratizador sobre el mundo en el cual las máquinas, los animales y los hombres se instalan en un marco igualitario. Se propone un abordaje imparcial, desdiferenciado, novedoso, provocador, en una amalgama de elementos que componen el entorno del hombre dando cuenta de un continuo que lo une con su propia creación.

En esta nueva red se configuran identidades en comunidades también nuevas: frente a la pantalla da la computadora se abre la ventana que permite la posibilidad de ser distintos yoes, entrelazados con cables telefónicos, procesadores de texto, emisores y receptores, que tejen una organización en base a intereses múltiples. Las tecnologías informáticas han permitido la aparición de las listas de interés en las cuales se ordenan las distintas prácticas en las cuales todos vivimos. De este modo se tejen combinaciones  y asociaciones plurales que, al ser estudiadas, dan lugar a la aparición de la sociedad junto con la tecnología, conformando comunidades virtuales,adquiriendo lo virtual una entidad que no remite a lo falso.

Si la tarea de la epistemología de este siglo consistió en deconstruir las diferencias entre el universo de lo objetivo y de lo subjetivo como ámbitos radicalmente diferentes, pensar en términos de redes incorpora el desafío de borrar absolutamente los límites entre lo interno y lo externo, entre lo natural y lo artificial, entre lo humano y lo técnico. En términos conceptuales, intentar un abordaje desde la noción de red hace caer en desuso incluso la noción de sistema, porque en un sistema se supone que existe la posibilidad de separarlo de su entorno, sobre todo cuando algunos estímulos pueden imputarse claramente como factores que provienen desde afuera. La idea de red borra estas diferencias, planteando borrar límites entre uno y el resto, entre el nosotros y los otros.

Las tecnologías de la información, junto con toda una gama de productos desarrollados, imprimen características imborrables al conjunto de las prácticas sociales. Deslocalizar centros de concentración de información, por tanto de poder, resulta, al menos, una promesa atractiva. La propuesta de construir un orden desde abajo nos seduce: cuando todo está conectado en un red distribuida, todo pasa al mismo tiempo[ii], y mediante un movimiento rápido las acciones se desplazan salteando cualquier autoridad central. Pero tal vez se trate de un liberalismo demasiado extremo que debamos revisar en el cual todos nos vemos iguales. “Si damos por supuesto que todos somos iguales desde el principio, estamos entonces en disposición de seguir las desigualdades que se producen dentro de una red a través de procedimientos tales como la traducción, el interesamiento, el enrolamiento y la creación de puntos de paso obligado. Pero, ¿es esta estrategia tan inocente como parece? ¿hay alguna base para sospechar de la emancipación universal?”[iii] Al menos debemos pensarlo.

 

  1. La inteligencia humano/ artificial

Acordando que la tecnología es una actividad social, logramos comprender que si avanza en algunas áreas y en otras no, ello se debe a las consecuencias que el crecimiento tecnológico produce en la sociedad, y quiénes se benefician de unas y de otras realizaciones concretas. Desde una perspectiva que nos parece más elaborada, la tecnología no es algo que pueda aislarse de la sociedad sino que ambas deben ser pensadas a partir de un proceso de constitución mutua en el cual la sociedad configura la tecnología y, a su vez, la tecnología configura la sociedad. Es decir, pensamos en tecnología y sociedad como una acción recursiva en la cual se moldean conjuntamente, a partir del establecimiento de una recursividad cibernética que se plasma ora en un elemento del par, ora en otro. Ninguna tecnología puede pensarse fuera de su propio contexto social, ni la evolución de ninguna sociedad puede comprenderse sin el camino habilitado por la tecnología. La dimensión tecnológica, la cual puede ser articulada con la dimensión cultural, co-evoluciona con la sociedad y los miembros de la misma. Así como la evolución de las especies se vincula con el entorno natural, la evolución de lo humano queda entrelazado al entramado que la tecnología construye incluso en el mundo natural.

Tal vez uno de los temas más provocativos surgidos durante el último siglo haya sido la corriente que pretende limitar (o romper) las distinciones entre el hombre y la máquina. Desde las ciencias y las tecnologías cognitivas se han establecido grandes avances en desmenuzar y desentrañar el funcionamiento de la “mente”, el “pensar” o la “inteligencia”. Desde la pregunta de Alan Turing, en 1950, acerca de si “pueden las máquinas pensar”, han habido desarrollos que analizaron las capacidades lógico-formales del pensamiento y su reproducibilidad en las computadoras. En la década del ´60, dos grandes líneas de investigación trataron de avanzar en la reproducción de los mecanismos cognitivos humanos. Por un lado, la corriente que adhirió a la idea de que las representaciones mentales pueden pensarse como elementos de un sistema formal a los que el cerebro –órgano en el cual se localizan las acciones de la inteligencia- interpreta de acuerdo a su historia evolutiva. Ciertos autores sostuvieron que el cerebro humano y la computadora digital, aunque diferentes, poseían un modo de funcionamiento similar: ambos generaban conductas inteligentes manipulando símbolos mediante reglas. Por otra parte, con una fuerte impronta tomada de la biología, se ha concebido el cerebro como una red de componentes simples -neuronas- que hace emerger estados globales en pos de un desempeño del sistema, como el reconocimiento o el aprendizaje. Una red de neuronas aprende si la neurona A y la neurona B, simultáneamente excitadas, refuerzan su conexión entre ellas, y reconocen patrones globales. Así, surgió la idea que, ya que la conducta inteligente es difícil de formalizar en toda su expresión, los desarrollos de la IA deberían intentar automatizar procesos por los cuales la red de neuronas reconoce patrones y responde adecuadamente.

Ambas líneas de investigación sufrieron políticas de desfinanciamiento durante los ´70, con lo cual muchas preguntas quedaron sin respuesta, entre ellas el intento de explicar cómo funciona el sentido común, forma de conocimiento imposible de ser sometida a reglas.

Claramente las tecnologías de la información van modificando nuestras acciones inteligentes. Desde la aparición del alfabeto, la imprenta, la electricidad, la TV, nuestras mentes se van moldeando en busca de nuevas modalidades cognitivas. Con la expansión de las computadoras nuevas configuraciones van surgiendo en nuestro interactuar con el mundo y los otros. Nociones fundamentales como espacio y tiempo, concebidas en un mundo de comunicación e información on line, nos aceleran los intervalos entre preguntas y respuestas, nos amplían la concepción del globo terrestre, nos impiden –en muchos casos- quitar la vista de la pantalla, nos desdibujan la línea divisoria entre lo lejano y lo cercano. La identidad entendida como subjetividad, noción construida aproximadamente en el Renacimiento, se ve alterada con la posibilidad de la transformación de la propia historia, del propio sexo, del propio cuerpo, en un encuentro virtual. La pantalla de la computadora es la interfase que permite el despliegue de las múltiples yoidades presentes en cada uno de los individuos que se acercan a la comunicación mediada por las computadoras.

Retomando los aportes de la IA, unidos a las oportunidades de la comunicación electrónica, hay una profunda modificación del concepto de “inteligencia”. Capacidades que caen en desuso y otras que comienzan a emerger, acciones individuales que se requieren para resolución de problemas, desaparición paulatina de instituciones sociales que monopolicen el conocimiento, inteligencias múltiples, propuestas multimediales; la cognición humana recoge, en su camino evolutivo, los cambios operados en el entorno, que se seguirán sucediendo dado que todavía estamos en un estadio bastante inicial de la transformación informacional. Estamos aún en una etapa preliminar, pero vale la pena esperar transformaciones profundas.

 

 

Conclusiones (preliminares)

Si una de las características más recurrentes que hemos señalado como consecuencia del paradigma informacional es el cambio permanente y la posibilidad de construir de un modo permanente los conocimientos producidos, valgan estas conclusiones también como meros señalamientos que apuntan a modificaciones futuras.

 

  • Los cambios en las tecnologías se originan en determinadas condiciones sociales y políticas que posibilitan o impiden determinados desarrollos; no creemos que la tecnología tenga una capacidad de producción y reproducción autónoma, fuera de la sociedad en la cual se genera.

 

  • La creación de la virtualidad ha sido funcional a un mundo concebido cada vez como más entero y global -para algunos- y mediante este avance creado por la tecnología es posible asir tamaña inmensidad.

 

  • A partir de la posibilidad de plantear la simulación, hay una ruptura con el mundo de experiencia que nos ofreció el mundo real: cambios de identidad, transmigración de tiempo y espacio, construcción de nuevas comunidades, creación de nuevos campos de experiencia. Si bien la mayoría de estas realizaciones viene de la industria del entretenimiento, no olvidemos que en investigación científica de punta se recurre con frecuencia a ella (Proyecto Genoma).

 

  • Si es cierto que estamos en un nuevo estadio de la economía capitalista, no debemos perder de vista que el insumo clave es la información, la que a su vez genera, cada vez, más información.

 

  • Concebida como expresión de la racionalidad del hombre, las computadoras guían las formas de organización del conocimiento y la información debido a que han resultado funcionales y eficientes frente a las demandas que se les han hecho. Las tecnologías informáticas devienen así en un paradigma para comprender y pensar (en el sentido de reflexionar) la sociedad.

 

  • Pero no debemos olvidar que en tanto entorno tecnológico con el cual interactuamos, las tecnologías de la información y la comunicación también moldean nuestras mentes y nos hacen pensar de maneras diferentes. Desarrollos epistemológicos y experiencias de las ciencias irán desentrañando los nuevos caminos de la inteligencia humana.

 

 

Notas

[i] -Gilles Lipovetsky (1994) El imperio de lo esfímero, Barcelona, Anagrama, p.207

[ii] Kevin Kelly (1996) Fuera de control: El surgimiento de la civilización neobiológica, Buenos Aires, Mimeo, Trad. de Cátedra, marzo.

 [iii] Nick Lee y Steve Brow, “La alteridad y el actor-red. El continente no descubierto.” en Sociología simétrica, Miquel Domènech y Francisco Javier Tirado (comps.), pp. 228 y 229.

Las tecnologías de la información como paradigma para pensar

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