Alcira Argumedo.

Socióloga. Docente e investigadora de la U.B.A.

El período histórico por el cual atraviesa el mundo de hoy, presenta profundas similitudes con esa etapa de la historia comprendida entre fines del siglo XVIII y mediados del XIX, cuando se conjugan las transformaciones generadas por el paulatino desarrollo de la Revolución Industrial, con los nuevos valores de una ética social y cultural que sustentan el Iluminismo y la Revolución Francesa. Más allá de las complejidades y contradicciones de esa etapa crucial, las consignas de libertad, igualdad y fraternidad conformaban una concepción del mundo que reclamaba mayor igualdad entre los seres humanos; pero, al mismo tiempo, constituían requisitos técnico-económicos para desplegar los potenciales de la Revolución Industrial, que no podían procesarse con trabajo esclavo, servidumbre feudal, aristocracias de sangre o monarquías absolutas

Forzando las semejanzas históricas, sería posible afirmar que la etapa comprendida entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y comienzos de la década de l970 presencia la “Revolución Francesa” del llamado Tercer Mundo, manifestada en el ascenso de las demandas sociales y nacionales, en los procesos de descolonización y liberación de las antiguas áreas coloniales, en la reivindicación de sus identidades culturales largamente despreciadas, en los reclamos de justicia, autonomía e igualdad. Son los valores de casi dos tercios de la población del mundo a quienes las metrópolis occidentales les habían negado su carácter integralmente humano: es sabido que la libertad, la igualdad y la fraternidad estaban referidas a los franceses blancos pero no a los argelinos o indochinos; que se reservaban para los ingleses blancos pero no para los hindúes o africanos; que eran patrimonio de los blancos norteamericanos pero no de los negros o los indios; que caracterizaban a las clases privilegiadas en América Latina pero no a los indígenas, negros y mulatos; y así en las más diversas experiencias del dominio occidental en sus propias sociedades o sobre los pueblos de ultramar.

Este ascenso de las demandas nacionales y sociales impondrá un fuerte cuestionamiento a determinados núcleos de poder de las potencias occidentales como fueran, entre otros, la derrota norteamericana en Vietnam; el alza de los precios del petróleo y el embargo petrolero promovido por los países árabes en la guerra de Yom Kipur; la fortaleza alcanzada por los reclamos y cuestionamientos de las regiones del Sur nucleadas en el Movimiento de Países No Alineados; el triunfo de diversos movimientos populares dispuestos a revertir el poder de las potencias occidentales y los sectores dominantes locales en diversas naciones de Asia, Africa y América Latina; el peso de los nuevos países en los organismos internacionales; las movilizaciones estudiantiles y obreras en Europa; el movimiento negro y las resistencias frente a la guerra en los Estados Unidos.

También en esta “revolución francesa” del Tercer Mundo, la reacción de los poderes hostigados impondrá su restauración conservadora. La retirada norteamericana de Vietnam dará lugar a un agresivo intento de recomposición del poder hegemónico de los Estados Unidos -iniciado por Kissinger y más tarde profundizado por el proyecto neoconservador de Reagan y Bush- que en América Latina se manifiesta a través de una ola sincrónica de dictaduras militares, dispuestas a utilizar el terror hasta sus últimas y más aberrantes consecuencias para desarticular cualquier oposición a sus designios. La intervención directa en Africa y la dureza con que poco después se definirá una nueva etapa de guerra fría -la Tercera Guerra Mundial enunciada por Reagan y conocida como Guerra de las Galaxias- se articulan con una etapa de acumulación de riquezas y beneficios sin precedentes por parte de los grandes grupos económico-financieros y bancos transnacionales que, a través de las denominadas políticas neomonetaristas y neoliberales, implantarán diversos mecanismos de succión de recursos públicos, nacionales y sociales en favor de un nuevo poder mundial que se extiende a nivel global. Sustentada en un despliegue tecnológico que ha establecido un salto de calidad en sus potencialidades, esta restauración conservadora se afianza en los años ochenta y culmina al finalizar esa década con el triunfo de los Estados Unidos en la Tercera Guerra Mundial, que implicará la desintegración de la Unión Soviética y sus áreas de influencia y un creciente control de las economías periféricas y centrales por parte de ese nuevo poder económico-financiero internacional.

Favorecida por el incremento de los precios del petróleo -que alcanza un l500% entre l973 y l979- se despliega la Revolución Científico-Técnica, cuyos motores esenciales serán la competencia por el mercado mundial en el campo civil y la carrera armamentista y espacial entre las superpotencias. Una revolución tecnológica que se acelera durante la década de los ochenta, junto al creciente afianzamiento del poder económico-financiero mundial y de la acción de sus representantes fundamentales: el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. En este contexto, las tecnologías de avanzada permiten la consolidación de un nuevo modelo productivo y de administración económica y social, que cierra el ciclo histórico de la Revolución Industrial y transforma drásticamente el concepto y las características del trabajo, así como la composición y la dinámica del mercado mundial, con decisivos impactos sobre el empleo y la organización de las sociedades

Desde comienzos de la década de los ochenta, los sectores de avanzada en ciencia y tecnología -el complejo teleinformático, los nuevos materiales, la biotecnología, entre otros- han establecido las bases de una transformación en profundidad de las condiciones de producción e intercambio de la vida social de los hombres, reformulando las condiciones laborales típicas de la etapa madura de los Revolución Industrial en los más diversos aspectos. Esto impone la necesidad de establecer definiciones político-culturales de base, que marcarán el rumbo de los procesos económicos y sociales, planteando inéditos desafíos en los umbrales del siglo XXI. En rasgos muy gruesos, es posible agrupar los impactos de la Revolución Científico-Técnica sobre el trabajo y el empleo en tres áreas principales:

l.- En primer lugar, las actuales tecnologías de punta producen un salto cualitativo en términos de eficiencia, velocidad, productividad y calidad de los procesos, que establecen un hito irreversible en los esquemas de producción y en los servicios y obligan a incorporarlas como elementos esenciales en las diversas aáreas del desarrollo económico y social. Varias veces se ha señalado que sus potencialidades son equivalentes a las del ferrocarril frente al transporte en carretas y diligencias o a las de la electricidad ante la iluminación a velas de sebo: antes o después deben ser utilizadas en el quehacer económico, ante el riesgo de afrontar desventajas insostenibles. No obstante, las formas específicas de la reconversión tecnológica y las modalidades de inserción de los trabajadores varía sensiblemente en función de las concepciones y los valores políticos y culturales predominantes en cada país, dando lugar al diseño de diferentes modelos de sociedad y Estado: el contraste entre el Japón y los Estados Unidos en este aspecto, evidencia la falacia neoliberal acerca de la existencia de un “único camino” para ingresar en la etapa de la historia que se inicia.

2.- Las nuevas tecnologías tienden a cerrar la brecha entre trabajo manual e intelectual que caracterizara a los anteriores modos históricos de producción. Se calcula que en no más de una década el 95% de las tareas normales de una sociedad van a requerir un mínimo de educación de l0 a l2 años, con un promedio de ocho horas diarias de estudio. Debe tenerse en cuenta que, por ejemplo, los barrenderos no utilizarán más los tradicionales escobillones de mano, sino vehículos de diferentes tamaños con minicomputadoras que les permitan informar al centro de inteligencia respectivo la existencia de troncos que obstruyen calles, caños rotos o similares, para una rápida detección del estado de la ciudad. En el campo de la industria, los trabajadores de overall de la cinta de montaje, que genialmente retratara Chaplin en Tiempos Modernos, se transforman en técnicos que manejan o controlan instrumentos automatizados como robots, computadoras, máquinas-herramientas de control numérico, sistemas de diseño o bancos de datos informatizados, lo cual requiere una calificación de nuevo tipo que vuelve anacrónicas las tradicionales habilidades de los obreros especializados; y la división técnica del trabajo que fundamentara científicamente Taylor hacia fines del siglo pasado, ha sido reformulada en un sentido prácticamente inverso al que primara desde entonces.

Si en el taylorismo cada persona era más eficiente repitiendo una infinita cantidad de veces la misma actividad -sin tener una visión del conjunto del proceso de trabajo- en los sistemas flexibles todos los trabajadores tienen la necesidad de conocer la dinámica global de ese proceso como condición de eficiencia para potenciar su actividad particular. En este sentido, los círculos de calidad -una de las manifestaciones de avanzada en la organización del trabajo- suponen la articulación de grupos donde participan los diversos estamentos laborales (diseñadores, ingenieros, trabajadores de taller) y promueven una acción y un pensamiento colectivos, capaces de enriquecer la creatividad, la imaginación y los aportes de sus integrantes con el fin de hacer más eficiente el rendimiento de cada uno de ellos.

Los sistemas automatizados demandan una capacitación polivalente, susceptible de cubrir un amplio espectro de funciones, con una sólida formación de base que pueda ser reorientada hacia nuevas especializaciones ante la celeridad de los cambios tecnológicos. Pero también demandan ductilidad para integrarse en el trabajo grupal y disposición a cooperar y alimentar la solidaridad del equipo; donde el personalismo, la competencia individualista o el afán de destacarse en detrimento de los otros se vuelven cada vez más disfuncionales. De esta forma, en los esquemas industriales y de servicios tienden a desparecer el trabajo manual y el esfuerzo físico, para ser reemplazados por trabajadores de creciente preparación intelectual, con una formación integral que les permita afrontar diversos trabajos no segmentados y tareas de equipo.

3.- Sin duda, el impacto de mayor contundencia de la revolución tecnológica en curso es la decisiva disminución en los requerimientos de tiempo de trabajo y en la participación del factor humano en la composición orgánica del capital. Se calcula que en los más diversos ámbitos -industria, administración, servicios generales, servicios financieros, medios de comunicación e información, minería, sector agropecuario, etc.- es posible desarrollar normalmente las tareas con un promedio de tiempo de trabajo necesario inferior en un 75% al que demandaba la última etapa de la Revolución Industrial hacia fines de la década de l970. Esto supone alternativas de carácter civilizatorio, ya que de la forma en que se resuelva tal disminución dependerá la futura estructuración de las distintas sociedades y también sus posibilidades de ingresar en los escenarios del siglo XXI. Es posible afirmar que, en términos polares, existen al respecto dos opciones: o se tiende a un desplazamiento bajo diversas formas de los antiguos trabajadores generando una desocupación y marginalidad social sin retorno; o se tiende a una recalificación en gran escala de la mano de obra, que permita ir reemplazando el tiempo por la calidad del trabajo, con tendencia hacia un descenso sistemático de la jornada laboral que se acompañe de un incremento sustancial de los ingresos.

Cuando comenzó a extenderse la Revolución Industrial en la primera mitad del siglo XIX se plantearon opciones similares. Las ideas político-económicas del liberalismo manchesteriano, que signaron las formas dominantes de la reconversión tecnológica en esa época, irían generando en Europa una masa de desocupados y excluídos -una población excedente absoluta- que es posible calcular entre 400 y 500 millones de personas en cien años. Esa fue la base de las migraciones masivas hacia las regiones de ultramar -donde diversos genocidios de la población autóctona, como en los Estados Unidos, Argentina o Australia, habían dejado amplias extensiones de tierras vacías- y también de la carne de cañón en las guerras intereuropeas o en los procesos de expansión colonial.

Recién en la segunda mitad del decenio de l930 y en particular luego de la Segunda Guerra Mundial, los Estados keynesianos y los sistemas fordistas de producción y organización económico-social impulsarían políticas de pleno empleo, con aumento de los salarios reales y una disminución del tiempo de trabajo: si al finalizar el siglo XIX la jornada semanal era de aproximadamente 72 horas, a mediados de este siglo había descendido a 40 horas: una reducción del 45%. En las condiciones históricas que se están esbozando, las opciones indican, respectivamente, la posibilidad de generar una población excedente absoluta superior a los 4.000 millones de personas en el mundo; o inéditos modos de reintegración social, teniendo como horizonte una jornada semanal promedio no mayor a 20 horas, con un incremento sustancial de los salarios, derivado de la calidad de ese trabajo. Al respecto, debe recordarse que la llamada “edad de oro” del capitalismo que se extiende entre l945 y l973 -y que también lo fuera para el socialismo- dio lugar al crecimiento económico más alto y sostenido de toda su historia, donde el descenso de la jornada laboral coincidía con la extensión de los beneficios sociales, el pleno empleo y los más altos salarios relativos.

En el contexto de estas transformaciones profundas y extendidas, es posible percibir el paulatino diseño de dos opciones polares, como modos de rearticulación de las sociedades en los inicios del siglo XXI. Sin desconocer los matices y diferenciaciones que necesariamente presentarán estas alternativas tan disímiles, consideramos posible sintetizar los rasgos principales de las potencialidades y los interrogantes planteados por cada una de ellas.

Los modelos de democratización integral

Junto a otros cambios de magnitud, la Revolución Científico-Técnica impone al conocimiento -que incluye información y capacidad innovativa- como el nuevo recurso estratégico que ha de definir el papel de los distintos países y regiones al comenzar el tercer milenio. Ya en la actualidad, las ramas más dinámicas del mercado mundial son las llamada conocimiento-intensivas; es decir, las que incorporan una mayor cantidad de conocimientos en la producción, en los servicios, en la administración o en la comercialización de los productos: sea el conocimiento materializado en nuevos instrumentales “inteligentes” (computadoras, robots, redes teleinformáticas y similares) como el conocimiento de quienes los operan. Donde la clave sigue estando en las características, el talento, la formación, la creatividad y la imaginación de estos últimos; porque si las computadoras y los bancos de datos exhiben una indiscutible superioridad frente a las máquinas mecánicas para enriquecer y acelerar los procesos de escritura, de ninguna manera producen un escritor.

A diferencia de los recursos estratégicos de la Revolución Industrial -como los altos hornos, la industria pesada, el petróleo- la incorporación, procesamiento, producción, reproducción y distribución del recurso conocimiento es esencialmente democratizante, en tanto sólo permite desarrollar sus potencialidades si está difundido en el conjunto de cada sociedad y no si es patrimonio exclusivo de una minoría. Baste considerar que si el 95% de las actividades socio-económicas implicarán una formación mínima equivalente a estudios secundarios, la sociedad toda estará limitada en su funcionamiento si esos saberes no están suficientemente distribuídos. A su vez, el carácter intrínsecamente democrático del recurso conocimiento se manifiesta en las fuentes principales de su producción y reproducción, que obligan a garantizar procesos de amplia democratización económica, social y cultural; ya no solamente como expresión de valores solidarios sino, además, como requisitos técnico-económicos para afrontar los nuevos paradigmas productivos y de servicios.

Así, en las coordenadas tecnológicas que se están consolidando a nivel mundial, un sistema educativo primario y secundario de alto nivel de calidad extendido a toda la población, además de ser un derecho social, se transforma en una condición técnica y económica ineludible. Uno de los pilares de la ventaja alcanzada por el Japón frente a los Estados Unidos en la disputa por el mercado mundial de los últimos quince años es la calidad y cobertura de la educación japonesa, donde el 98% de los niños que inician el primario terminan el secundario y de ellos la mitad realiza estudios terciarios o universitarios. Esta situación ha dado lugar a una diferencia abismal en la calidad productiva entre ambos países: como señala Michel Albert, se calcula que en la actualidad los productos norteamericanos presentan cien veces más fallas que los japoneses.

Porque en las nuevas coordenadas tecnológicas los niveles educativos del 50% inferior de la población activa constituyen una de las principales ventajas competitivas dinámicas, que anulan aceleradamente las ventajas comparativas estáticas ligadas con mano de obra barata y recursos naturales, propias de las regiones periféricas. De allí que los montos destinados al sistema de educación pública -en tanto fuente básica de producción del recurso conocimiento- deben dejar de ser considerados como un gasto del Estado para convertirse en inversiones cuya magnitud e importancia deberán ser equiparadas a las que se orientan hacia la infraestructura económica en rutas, en producción de energía o en el sistema de comunicaciones e información.

La segunda fuente de incorporación, producción, reproducción y distribución del nuevo recurso estratégico es la recalificación en gran escala de la población económicamente activa, con el objeto de permitirle un acceso directo o indirecto a la operación inteligente de las tecnologías de punta. En una etapa de transición como la que estamos atravesando, este acceso directo o indirecto supone la conformación de grupos de trabajo que -como grupos- tengan capacidad de utilizar las nuevas tecnologías, sin necesidad de que todos sus miembros hayan adquirido tales habilidades. Se trata, más bien, de articular diferentes saberes -incluyendo principalmente el de quienes estén capacitados en el instrumental de avanzada- como un modo relativamente rápido de permitir su masiva utilización por parte de los antiguos y nuevos trabajadores.

En esta perspectiva, una recalificación de amplio alcance debe encararse como un proceso colectivo, que adquiere múltiples variantes y combinaciones dentro de un proyecto abarcador. La velocidad con que se ha producido la obsolescencia de las anteriores calificaciones laborales obliga a promover estas experiencias colectivas, donde los técnicos capaces de operar con eficiencia el instrumental tecnológico han de cumplir el papel de transmisores o traductores de esos conocimientos, a fin de reformular los saberes de aquéllos que, individualmente considerados, presentan una formación laboral obsoleta. A través de la conformación de grupos de trabajo, los saberes predominantemente manuales o mecánicos pueden irse articulando con los conocimientos flexibles requeridos por las nuevas tecnologías; y en ese desarrollo se va gestando una acción común sustentada en la cooperación y en la solidaridad, como base de las nuevas formas de organización de los procesos de trabajo.

En tercer lugar, la Revolución de la Inteligencia impone un papel central a las universidades, en tanto productoras del recurso conocimiento en su más alto nivel de calidad y en toda la gama de los saberes científicos, técnicos, humanísticos, sociales y culturales. En este marco, la consolidación de universidades de excelencia y de masas -los dos términos de ninguna manera son contradictorios- es otro de los requisitos técnico-económicos para poder desarrollar los nuevos patrones productivos y de servicios: de la calidad y extensión de las universidades dependerá el porvenir de nuestras naciones en las próximas décadas. Pero es preciso desplegar un profundo debate acerca de los lineamientos de formación profesional, científica y técnica, dado que la “taylorización” de los saberes académicos y las rígidas fronteras disciplinarias, característicos de la creciente especialización de las universidades, han comenzado a sufrir una obsolescencia similar a la de los trabajadores de la cinta de montaje. El conocimiento emergente se define por su carácter flexible, transdisciplinario y con una consistente formación de base, que son las condiciones para garantizar eficiencia y creatividad en cada campo específico.

La cuestión de fondo es entonces el tipo de mentalidades que generen las universidades; la promoción de un pensamiento crítico y riguroso, capaz de articular diferentes conocimientos -de las ciencias sociales, las ciencias duras y de cada una de ellas entre sí- como modo de enriquecer y potenciar el conocimiento especializado: por ejemplo, quienes hoy trabajan en los segmentos más altos de la informática de avanzada, los fractales o la matemática del caos señalan que, para ser eficiente en estas áreas, es indispensable contar con una buena base en literatura. Porque no se trata de una mera sumatoria inter-disciplinaria de saberes parcializados, sino de nuevos abordajes de carácter integrador que enriquecen y reformulan las problemáticas particulares de las distintas áreas del conocimiento, al incorporarlas en un contexto comprensivo que permite plantear nuevos interrogantes, novedosas formas de respuesta, concepciones innovadoras y miradas críticas y creativas. Nuevos paradigmas del conocimiento para afrontar los retos de la época histórica que se inicia, capaces de superar las limitaciones de una “ciencia normal” esterilizada y anacrónica: como lo muestran entre otros Carlos Marx y Max Weber en las ciencias sociales, el pensamiento innovador es siempre de carácter transdisciplinario.

Y también en los niveles universitarios el monto de información y conocimientos reclamados para una formación integral, obliga a la constitución de equipos de estudio e investigación -susceptibles de procesar un pensamiento colectivo a partir del intercambio y el debate entre diferentes perspectivas y disciplinas- sustentados en relaciones de cooperación y solidaridad, que alimentan novedosas formas de especialización. Porque la hiperespecialización individualista que demanda el mercado inmediato de científicos, técnicos y profesionales; o las presiones de determinados núcleos académicos en el sentido de desarrollar una “ciencia normal” de acuerdo con el “paradigma” del Banco Mundial y el neo liberalismo conservador, se contraponen seriamente con las exigencias de flexibilidad técnico-intelectual, con la necesidad de elaborar abordajes integrales para las distintas problemáticas y con la formación de mentalidades innovativas y rigurosas.

En esta perspectiva, los sistemas de desarrollo científico-tecnológico articulados con las universidades -en el ámbito nacional y latinoamericano- constituyen la cuarta fuente nodal del nuevo recurso estratégico. Estos sistemas permiten diseñar e instrumentar decisiones autónomas en términos de la incorporación, procesamiento y producción de ciencia, técnica, información y capacidad innovativa, en función de reorientar los procesos de reconversión de los sectores productivos y de servicios y la reorganización de los múltiples aspectos de la dinámica política, social y cultural. Porque es sabido que ningún potencial científico o técnico es totalmente neutro en relación con sus impactos y consecuencias; y que el “libre juego de las leyes del mercado”, concebido como lógica excluyente de orientación de las sociedades, puede generar situaciones altamente nocivas para el bienestar de los habitantes. Al respecto, los ejemplos de la actualidad sobran largamente.

La regresión económica y social que sufre América Latina desde la sutilmente denominada “década perdida”, señala a las universidades y a los sistemas de ciencia y tecnología del continente como los núcleos esenciales que pueden ayudar a revertirla. Dado que, más allá de su imprescindible reformulación, sólo en esos espacios se concentra actualmente la masa crítica del recurso conocimiento referido a las más diversas problemáticas, lo cual les plantea una responsabilidad histórica sin precedentes. En este marco, las discusiones acerca de las relaciones universidad-sistema científico-empresas, centrada en el lucro y en la supuesta productividad y eficiencia económica como base para la elaboración de las respuestas, muestra una patética endeblez ante las turbulencias del período que atravesamos.

Todo modelo de universidad supone una estrecha relación con el modelo socio-económico y cultural más abarcador, con el proyecto político orgánico que lo promueve. Y así como la Reforma Universitaria de l9l8 no puede desligarse del proceso de democratización de la sociedad argentina de esa época, que tuviera en el triunfo de Hipólito Yrigoyen dos años antes otra de sus manifestaciones contundentes, las actuales presiones para la reformulación de las universidades de acuerdo con los postulados del Banco Mundial, se articulan coherentemente con los modelos de alta concentración de la riqueza y creciente exclusión social. Hoy los universitarios no pueden eludir las definiciones de base acerca de qué modelos de sociedad y Estado pretenden sustentar; porque se trata, ni más ni menos, de la necesidad de diseñar los vínculos y los nuevos modos de articulación de estos centros nodales de producción de conocimiento con los procesos de reestructuración económica, social, política y cultural en cada país y en un proyecto autónomo de integración continental.

La posibilidad de disponer de estas cuatro fuentes principales del recurso conocimiento se ha transformado en una condición inexorable para el desarrollo social y económico y para la inserción de los distintos países o regiones en el escenario mundial de las próximas década: las naciones que no sean capaces de consolidarlas, están condenadas a sufrir graves experiencias de regresividad histórica. Y como no es posible democratizar y extender la educación; la calificación del trabajo y el ingreso; y el acceso a las universidades y al sistema científico-técnico, sin democratizar los otros espacios de la vida social -la salud, la vivienda y el hábitat, la distribución de la riqueza, los medios de comunicación e información y el bienestar general de la población- los modelos sociales de alta integración, las democracias ampliadas hacia lo económico, lo social y lo cultural, se transforman en imperativos técnico-económicos para poder participar en el ciclo de la historia que se abre con la Revolución Científico-Técnica.

Un ciclo en el cual las características intrínsecas del nuevo recurso estratégico tienden a hacer coinicidr determinados valores de una ética solidaria -justicia, equidad, cooperación, actividades colectivas, democratización de las relaciones sociales, autonomía, respeto por los otros- con los requisitos de eficiencia económica. Como se ha señalado, se plantea una situación similar al período de confluencia entre la Revolución Industrial y la Revolución Francesa; y, para nuestros países, en esta etapa de la historia los modelos neoconservadores -cuya lógica degrada los sistemas educativos públicos; coarta las posibilidades de recalificación de los trabajadores debido a las graves consecuencias de la desocupación, la subocupación, la precarización y la exclusión social; acosa a las universidades y desarticula los sistemas de ciencia y tecnología- presentan, frente a los requisitos de la Revolución Científico-Técnica, el mismo anacronismo que María Antonieta y Luis XVI significaron para el despliegue de las potencialidades de la Revolución Industrial.

Los modelos del fin de la historia

Algunas ideas hegelianas que Francis Fukuyama utilizara como fundamento del triunfo final de las democracias occidentales y las leyes del mercado ante las truinas del Muro de Berlín, pueden ser útiles para marcar los trazos principales de estas alternativas. Así, el “espíritu de época” que acompaña el surgimiento de la Revolución Científico-Técnica estará signado por el predominio de las concepciones neoliberales, sustentadas en los valores fundantes del lucro, el consumo, la competencia, el individualismo egoísta y una crítica acérrima a las distintas manifestaciones de la solidaridad social. Un “espíritu” que se despliega en el contexto de esa restauración conservadora promovida a nivel internacional por los Estados Unidos desde los primeros años de la década de l970 y se fuera profundizando en las dos décadas siguientes.

Las tecnologías de avanzada -que de manera casi excluyente dominan los países capitalistas centrales- serán un arma fundamental para llevar adelante esa estrategia. Si en el campo militar-espacial permiten lanzar la Guerra de las Galaxias -cuyos costos económicos y políticos están en la base del derrumbe del bloque soviético- en el campo civil van quitando poder de negociación a los trabajadores a través de una reconversión tecnológica que sistemáticamente elimina mano de obra; al tiempo que la lógica económica y financiera impuesta por este nuevo predominio empobrece de un modo dramático a los países de la periferia, agobiados por la crisis del endeudamiento externo, los sucesivos planes de ajuste promovidos por el FMI y su paulatino desplazamiento del mercado mundial.

Más allá de las fundamentaciones teóricas remozadas por la Escuela de Chicago, en nombre del libre juego de las leyes del mercado, el neoliberalismo logra imponer un conjunto de medidas -respaldadas por una acumulación sin precedentes del poder económico-financiero y el control de los medios de comunicación e información a nivel mundial, con gran capacidad de influir en la dinámica política de las distintas sociedades y en la arena internacional- con el fin de promover un descomunal traslado de riquezas desde el sector público y las capas sociales mayoritarias hacia grupos oligopólicos cada vez más concentrados. En este marco, la globalización de la economía, las finanzas, el intercambio y las comunicaciones y la información, no es más que el control creciente de estas áreas por parte de corporaciones gigantes en proceso de megafusiones, que se apropian de los esquemas productivos, de los sistemas bancarios y de los servicios de base de los distintos países, deteriorando el poder de decisión autónoma de los Estados nacionales y las posibilidades de competir por parte de las economías y los sectores más débiles. Baste señalar que ya en l990 el 40% del mercado mundial estaba dominado como comercio interempresas por 340 corporaciones, mientras el conjunto de los países de América Latina participaban en ese mercado con un 3%.

En este nuevo poder económico-financiero mundial se destacan tres núcleos principales que, si bien están articulados entre sí, tienen una lógica peculiar en su proceso de acumulación y reproducción de ganancias. Por una parte, las “transnacionales blandas” son aquellas corporaciones más ligadas con áreas productivas destinadas al consumo de masas (automóviles, textiles, bebidas, confecciones, alimentos y similares) cuya dinámica requiere determinados niveles de bienestar de la población. Por otra parte, las “transnacionales duras” se orientan a la producción armamentista y espacial, las comunicaciones y los transportes: sus mercados son principalmente mercados cautivos ya que cubren las demandas de los Estados y, de esta forma, su lógica de acumulación se desliga decisivamente de la demanda social. Finalmente, el nuevo poder financiero, que cada vez más se transforma en un poder sin territorio y se rige por la búsqueda de ganancias extraordinarias -principalmente especulativas- dadas sus grandes posibilidades de movilidad internacional, mientras tiene en el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional a sus representantes políticos por excelencia.

Dado que los sectores más dinámicos del poder económico-financiero que rigen la llamada globalización son las “transnacionales duras” y los grupos financieros, cada vez más los intereses de acumulación de los núcleos hegemónicos del capitalismo se distancian y se oponen a las necesidades de bienestar, desarrollo y gobernabilidad de las sociedades. El debilitamiento de los Estados y la desarticulación de las políticas sociales brindadas por el sector público, unidos a este modo predominante de acumulación impuesto el nuevo poder económico-financiero sin fronteras -que se guía exclusivamente por sus objetivos de lucro y ganancias extraordinarias- está produciendo alarmantes consecuencias sociales y nacionales, tanto en los países del Norte como en los del Sur.

En América Latina, la apertura indiscriminada de los mercados nacionales genera una competencia insostenible y lanza a la quiebra a miles de pequeños y medianos empresarios -que ocupan una proporción mayor de la PEA- mientras las políticas de ajuste impuestas por el FMI, la privatización de las empresas públicas y las fusiones empresarias, redundan en reconversiones tecnológicas y en otras medidas expulsoras de mano de obra. Se produce así un incremento sostenido de la desocupación y la subocupación, mientras las estrategias de flexibilización laboral profundizan la precarización del mercado de trabajo y el descenso de los salarios. Como puede comprobarse a partir de las cifras brindadas por los organismos internacionales -Banco Mundial, BID, UNESCO, OIT y en especial el PNUD- en los últimos quince años, estas políticas han generado un doble proceso de polarización, creando un abismo entre las naciones centrales y las periféricas y, al interior de cada una de ellas, entre una minoría altamente privilegiada y una masa creciente de la población acosada por el empobrecimiento absoluto y relativo; la desocupación y subocupación; la precarización laboral; el deterioro crítico de sus condiciones de vida y procesos de exclusión social que les plantean situaciones sin salida.

En los Estados Unidos -donde más ortodoxamente se instaura el neoliberalismo entre los países centrales de Occidente- si el l% de la población norteamericana más rica controlaba el 22% de la riqueza de esa nación en l979, en l992 alcanzó al 42%: esto significa que dos millones y medio de norteamericanos reciben anualmente un ingreso equivalente al de los cien millones que están en la base inferior de la pirámide social. A su vez, el 20% de los habitantes más favorecidos de ese país, concentra el 80% de los ingresos nacionales. Como contrapartida, el 80% de los estadounidenses sufre un deterioro económico-social que golpea a los estratos más bajos (en especial negros, chicanos, portorriqueños); pero que afecta también a las clases medias blancas, cuyos históricos niveles de bienestar y seguridad se encuentran seriamente amenazados. En esta dinámica, se alimentan fenómenos de degradación social y cultural dentro de una sociedad tradicionalmente violenta, con duros interrogantes hacia el futuro: en los últimos diez años se triplicó la población carcelaria masculina y se quintuplicó la femenina; las milicias de Michigan acompañan el aumento de manifestaciones racistas, de persecución de inmigrantes, de xenofobias y neofascismos; en tanto las vertientes del actual movimiento negro ya no son las que buscan una integración pacífica al estilo Martin Luther King, sino las también agresivas de Louis Farrakhan. Y el modo de acumulación predominante en esa sociedad, lejos de descomprimir estas tensiones, tiende a agudizarlas cada día más.

Estas condiciones sociales, articuladas con el predominio de la especulación financiera, la búsqueda de una alta rentabilidad a corto plazo por parte de las empresas y el endeudamiento global de la economía norteamericana -que es dos veces superior a su PBI- unidos a la decadencia de la educación del 60% inferior de la PEA, a los procesos de precarización laboral y a un significativo aumento de la pobreza, han afectado negativamente la competitividad de los Estados Unidos en el mercado mundial, al margen de los períodos de mayor o menor crecimiento que pueda exhibir su economía. Como contraste, la experiencia del Japón demuestra que las estrategias de recalificación de los trabajadores conservando la protección social, la estabilidad en el empleo y altos salarios relativos -mediante contratos vitalicios, incentivos por antigüedad, cobertura familiar de amplio alcance, participación en grupos de trabajo y círculos de calidad- han permitido una exitosa reconversión tecnológica con un promedio de desocupación que gira entre el 2% y el 3%; y que -junto al sistema educativo- ha sido otro de los pilares de la delantera alcanzada por ese país en el mercado mundial desde comienzos de los ochenta. No se trata aquí de reivindicar acríticamente el “modelo japonés” sino de señalar algunas de sus variables más significativas, que permiten afirmar que -en los escenarios planteados por las coordenadas tecnológicas de la era iniciada con la Revolución Científico-Técnica- los modelos neoliberales no sólo producen efectos sociales de difícil resolución dentro de su propia lógica, sino que se encuentran situados a contramano de la historia, en el sentido inversamente opuesto al que plantean los requerimientos técnico-económicos de un nuevo tiempo histórico.

Volviendo a las ideas de Fukuyama, estos modelos del “fin de la historia” efectivamente tienden a dejar fuera de la historia a grandes zonas y a casi tres cuartas partes de la población del mundo que, en el contexto de la globalización neoliberal y las formas predominantes de la recoversión tecnológica, se transforman en población excedente absoluta: no sirven en estos modelos ni como mano de obra barata (porque son reemplazados por instrumentos automatizados más baratos y eficientes que esa mano de obra barata); ni como productores de materias primas que están siendo recesivas en el mercado mundial; ni como consumidores potenciales, dados sus niveles de pobreza e indigencia. Tales tendencias subterráneas son la causa real de los temores ante el crecimiento demográfico -centrado en las capas más pobres- y ante el incremento inmanejable de la desocupación, la miseria y la exclusión, que afecta a una proporción sustantiva de los habitantes de las naciones centrales y periféricas. Y ante la crisis de las naciones del Este, la brutal descapitalización de América Latina y la regresión del continente africano, esta población excedente -empujada a conductas de desesperación ante la ausencia de alternativas de subsistencia- alimenta a los “nuevos bárbaros” que hostigan las fronteras de Europa Occidental y los Estados Unidos y los barrios privilegiados de las principales ciudades del Norte y del Sur.

HACIA UNA NUEVA DEMOCRACIA PARTICIPATIVA Y SOCIAL

La etapa histórica que se inicia plantea un conjunto de paradojas e interrogantes que deben ser analizados desde una óptica abarcadora, desde una mirada integral capaz de incluir el conjunto de los datos y tendencias en toda su complejidad, sin parcializaciones abstractas que sólo llevan a una distorsión y confusión crecientes. Porque, justamente en uno de los momentos más oscuros de humanidad en su conjunto, las condiciones materiales que se derivan de la Revolución Científico-Técnica establecen las bases para la conformación de nuevos modelos de sociedad y Estado fundados en una ética solidaria; no sólo como planteos que se derivan de los valores de equidad, justicia, autonomía, cooperación y similares sino, además, como requisitos de eficiencia técnico-económica. Así, en la era histórica que se abre, la utopía de formas solidarias como modo predominante de relación entre los seres humanos, emerge como condición ineludible -aún en términos fríamente técnicos y económicos- para el ingreso de las distintas sociedades en el siglo XXI.

Si, como se ha señalado, las fuentes de producción y reproducción del recurso conocimiento obligan a promover modelos socio-económicos de alta integración social, las características de los esquemas productivos y de servicios complementan esta tendencia hacia la descentralización, la participación y las definiciones democráticas fuertemente horizontalizadas. A diferencia de los 200 años anteriores, donde la lógica de la producción industrial y las economías de escala (capitalistas o socialistas) obligaban a una creciente concentración de los recursos productivos -con la cual se correspondieron formas de Estado altamente centralizadas- en los nuevos patrones de producción, sustentados en redes articuladas por sistemas teleinformáticos, con capacidad de segmentación de las series de producción -donde el trabajo en unidades pequeñas vinculadas entre sí se muestra altamente funcional- la desconcentración, democratización y descentralización de esos recursos productivos aparece como una condición material, como una base cualitativamente diferenciada para establecer los rasgos de una sociedad distinta.

De esta forma, en una de las tantas paradojas de la historia, dentro del contexto de una gran restauración conservadora se han ido gestando los fundamentos materiales de nuevas democracias participativas y de alta integración social. Tanto las características de los sistemas productivos flexibles como la emergencia del recurso estratégico del conocimiento, permiten garantizar tres de las condiciones necesarias -aunque no suficientes- de un incremento sustancial de la participación social: la distribución de información y conocimiento; una mayor disponibilidad de tiempo derivado de la necesaria disminución de la jornada semanal de trabajo necesario; y un sensible incremento del bienestar, ligado con la democratización de las condiciones de vida del conjunto de la población.

Estos aspectos estructurales, vinculados con los requerimientos técnico-económicos del nuevo paradigma productivo y de administración económica y social, imponen al mismo tiempo una redefinición profunda de la forma de Estado y de la dinámica de la participación, la organización y los modos de represesentatividad, articulación y decisión política. La crisis de los Estados nacionales se vincula con la globalización de la economía mundial y las marcadas tendencias hacia una desterritorialización del poder, derivados del predominio de las megacorporaciones trasnacionales; y se combina con un traspaso interno del poder hacia grupos económico-financieros locales, articulados en formas más o menos complejas con el nuevo poder mundial, que han ido socavando la potestad soberana de los Estados: por lo tanto, también la efectividad de los partidos políticos en la orientación real de la dinámica de las sociedades.

Dado que la lógica de acumulación de ese nuevo poder mundial sin territorio se desvincula cada vez más de los requerimientos de bienestar y gobernabilidad de las sociedades y ha logrado anular la capacidad de acción de los Estados nacionales, se va generando un verdadero simulacro de democracia representativa, al tiempo que se alimenta un creciente caos social (población excedente absoluta; descapitalización de las economías; especulación financiera; crisis de sobreproducción; liquidación de las fuentes del nuevo recurso estratégico; crecimiento de la pobreza y las situaciones de exclusión). En condiciones de simulacro de democracia, los partidos políticos convocan sobre la base de promesas o dobles discursos carentes de realidad, en la medida en que no se propongan cuestionar el nuevo poder consolidado. De otra forma, al llegar a la administración de un Estado sin potestad de decisión autónoma, la voluntad soberana del pueblo no puede ejercerse y el desarrollo de la política es la mera administración de un poder ajeno -el de los grupos económico-financieros- cuya lógica actúa implacablemente en contra de los intereses y el bienestar de las mayorías. En esta dinámica la política pierde credibilidad, porque efectivamente se muestra impotente para cumplir sus promesas electorales, ya que en su comportamiento efectivo responde a los mandatos del FMI y el Banco Mundial, verdaderos partidos políticos representativos de ese nuevo poder mundial. La intuición o la evidencia que en los últimos años adquiere creciente fuerza en América Latina, acerca de que los partidos políticos se orientan en un camino y una dinámica que lleva inexorablemente hacia el abismo, está en la base de la falta de credibilidad de esas antiguas organizaciones, más allá de la corrupción y la mediocridad que caracterice a sus miembros. Por lo demás, cabe señalar que esa misma falta de horizontes, esa impotencia y esa incapacidad, alientan las salidas individuales y la corrupción.

Estos procesos profundizan la crisis de representatividad de los partidos políticos y de las formas tradicionales de hacer política, que obsesiona a los políticos profesionales; y tiene su contracara en el crecimiento de los movimientos sociales: ambos aparecen como expresiones de un mismo fenómeno profundo y subterráneo. Los movimientos sociales se refuerzan sobre las carencias y la crisis de los partidos políticos, haciéndose cargo de situaciones límite y en muchos casos catastróficas, generadas por la impunidad de las políticas dominantes de acumulación económico-financieras, que se guían por exclusivos objetivos de lucro y ganancias extraordinarias y se sustentan en diversas formas de disciplinamiento y represión social. Teniendo en cuenta algunos de los temas centrales que agrupan los nuevos movimientos sociales, es posible percibir en ellos tanto la conciencia acerca de esas situaciones límite que no son realmente incorporadas por los partidos políticos, como los signos de articulación de una nueva sociedad:

– Los movimientos de derechos humanos emergen como resultante de dictaduras y formas de represión, que alcanzaron en esta restauración conservadora de mediados de los años 70 expresiones equivalentes a la experiencia nazi en Europa. Y mientras estos movimientos reclaman justicia, los partidos políticos democráticos, en un Parlamento democrático, generan aberraciones jurídicas como la Ley de Obediencia Debida o los indultos.

– Los movimientos verdes y ecologistas intentan conmocionar la conciencia de los grandes poderes del mundo, cuya dinámica depredatoria y soberbia está poniendo en riesgo la vida misma en el planeta: el agujero de ozono; la contaminación de las ciudades, de los ríos y los océanos; la problemática de los residuos peligrosos; las pruebas nucleares francesas en el Pacífico Sur; la tala de bosques y otros temas no menos críticos; han tenido escasa consideración por parte de los partidos políticos, temerosos de las sanciones de los capitales trasnacionales o el FMI.

– Los movimientos femeninos, con su gran heterogeneidad, expresan en sus líneas más lúcidas la dramática situación en que se encuentran las mujeres, especialmente de los sectores populares, acosadas por la desintegración y la violencia familiar; la falta de información sobre métodos de anticoncepción o de control del embarazo; la quiebra de los roles de género masculino tradicional ante la desocupación y la marginalidad social, que han llevado a que un 35% de los hogares en el continente tengan a mujeres como jefes de hogar y sostén de sus hijos; junto a otros problemas no menos dramáticos derivados del incremento de la pobreza, que en los discursos de los partidos mayoritarios sólo pueden ser mencionados, en tanto consideren que es éste el “único camino” hacia la modernidad.

– Los movimientos de ocupación de tierras tanto en las ciudades -donde emergen nuevas organizaciones ligadas con los asentamientos urbanos, en una dinámica claramente diferenciada de la conformación de las villas miseria en los años 40 y 50- y también en las áreas rurales en demanda de medios de subsistencia, como ocurre en Brasil, en México o en el norte de la Argentina, expresan las demandas de fracciones crecientes de la población latinoamericana en favor de mínimas condiciones de vida.

– Los movimientos de comedores y ollas populares intentan garantizar al menos una comida diaria a chicos y familias golpeadas por la desocupación, la falta de perspectivas y la pobreza; como expresión de la ausencia de respuestas por parte de los gobiernos o los partidos políticos, convencidos de que el “progreso”, la “modernidad”, la “globalización”, el “ingreso al primer mundo” y los mandatos del nuevo poder económico-financiero mundial producen costos sociales que no pueden ser eludidos.

– Los movimientos por la Justicia cuestionan la impunidad policial, el gatillo fácil, los crímenes de los hijos del poder; y dan cuenta en la Argentina de la degradación de dos de los pilares esenciales de la potestad soberana del Estado-Nación: la garantía de un Poder Judicial incuestionado en la administración de las leyes y fuerzas de seguridad honestas, democráticas y sometidas a la voluntad política mayoritaria.

– Las diversas expresiones de los movimientos juveniles y estudiantiles manifiestan la protesta y la resistencia frente a una lógica del poder que los acosa a través de la desocupación, los bajos salarios, la degradación de los sistemas educativos, la falta de posibilidades de futuro y el predominio de valores egoístas y vacíos.

– Los movimientos indígenas reclaman el reconocimiento de sus culturas, de sus tierras, de sus lenguas, de su derecho a ser considerados como miembros integrales de las sociedades humanas, a pesar de 500 años de expoliación y humillaciones.

Estos y otros movimientos sociales cobran fuerza y se alejan de la dinámica impuesta por la representatividad de los partidos políticos, precisamente porque las fuerzas políticas se muestran incapaces de incorporar seriamente en su actividad y en sus concepciones una respuesta a estas situaciones límite, dado que no parecen dispuestas a cuestionar en términos reales las relaciones de poder que se han consolidado en el contexto de la restauración conservadora. Pero al mismo tiempo que establecen las bases de respuesta a situaciones problemáticas gestadas por el accionar de los sectores dominantes, los nuevos movimientos sociales expresan los rasgos de una nueva sociedad y de nuevas formas de participación y distribución del poder. Sin desconocer los múltiples problemas que tienen en su seno, el predominio de decisiones horizontales que caracteriza a gran parte de los movimientos sociales, habla de la posibilidad de construcción de democracias participativas donde la información y la capacidad de decisión cobran una dinámica que tiende a romper la verticalidad. En este sentido, la experiencia de Chiapas permite recuperar algunas claves: “no queremos tomar el poder” afirma el subcomandante Marcos ante el estupor de los políticos tradicionales y muchos representantes de la vieja izquierda. Precisamente, porque se trata de generar nuevas formas de poder social y no de producir meramente un reemplazo de quienes ejercen actualmente el poder conservando sus formas centralizadas y verticales.

La particularidad que hasta el momento caracteriza a los movimientos sociales -en tanto respuestas defensivas ante distintas manifestaciones de una misma lógica global- no constituyen un obstáculo para su participación en proyectos que los engloben, respetando su singularidad y la articulación consensuada de sus propias demandas con las de otros movimientos y demandas que hacen a la construcción de modelos sociales de alta integración, donde las diferencias aparezcan como elementos de la igualdad y no como base de una jerarquización aberrante de las sociedades. Expresiones de los múltiples problemas, identidades y significaciones culturales que emergen en sociedades complejas y acosadas, estos movimientos señalan ciertos núcleos problemáticos que no pueden ser ignoradas en la construcción de nuevas formas democráticas.

Estas condiciones estructurales maduran juntamente con la crisis de un poder mundial y una cultura que históricamente se autodefinió como “universal”; y, en el marco de la restauración conservadora, se expresan los aspectos más pobres, degradados y racistas de la cultura occidental, conjugándose con el estallido de los fundamentos de su Razón. Al mismo tiempo, en tanto el conocimiento no es neutro ni homogéneamente universal, las formas de incorporación y readaptación del nuevo instrumental tecnológico conlleva el desafío de potenciar aquéllo que es lo más característico y rico de lo humano: la heterogeneidad, la multiplicidad de identidades, lenguas y expresiones culturales, la inmensa creatividad de lo diferente. Una nueva síntesis que tal vez también tiene como símbolo que anuncia esa búsqueda, la rica articulación producida en Chiapas entre identidades milenarias, lenguajes, dialectos y modos de relación entre los integrantes de comunidades que remiten a etapas precolombinas, junto a los potenciales de la teleinformática y las redes de Internet.

El planteo de las nuevas relaciones entre cultura, política, Estado, participación y democracia, deben encuadrarse en este contexto de condiciones materiales que favorecen y reclaman nuevos modelos de sociedad, nuevas formas de relación entre los pueblos y entre los hombres y mujeres de este mundo. Ideas y valores que remiten a esa etapa de avance de las aspiraciones de las áreas coloniales y neocoloniales y que la actual aceleración de la historia impone como requisitos de una nueva época mundial: las demandas de reconocimiento del carácter integralmente humano de todos los pueblos de la tierra; el respeto a sus identidades culturales, sus lenguas, sus saberes, sus gestos; la autonomía, la justicia, la equidad. Valores y demandas de humanización de lo humano que, al igual que lo ocurrido con la Revolución Francesa, anunciaban y respondían a los condicionantes de una nueva etapa de la historia.

Así, con el cierre del ciclo de la Revolución Industrial, tienden a cerrarse también las dos grandes propuestas que respondieran a los sujetos sociales más dinámicos, nacidos al calor de las transformaciones gestadas por esas condiciones históricas: el capitalismo y el socialismo de alta concentración del poder. Porque, en otra ironía de estos tiempos complejos de la historia, la caída del muro de Berlín, la desaparición estructural del proletariado y el fuerte desprestigio del pensamiento marxista en gran parte del mundo, se producen en los mismos momentos en los cuales parecen haber madurado aquellas condiciones materiales que Marx señalaba como las que habrían de hacer estallar el sistema capitalista de producción: la concentración privada de la riqueza y la propiedad de las fuerzas productivas, junto a una automatización cuasi total de la dinámica de producción e intercambio. Y también parecen madurar las condiciones para ese “reino de la libertad”, donde la mínima cantidad de tiempo necesario para la producción de las condiciones de vida y la superación de la división del trabajo social -principalmente entre manual e intelectual- sentarían las bases del comienzo de la verdadera historia humana.

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