La globalización, etapa avanzada del proceso de expansión del sistema de producción capitalista occidental, establece un modelo social, económico y cultural construido al ritmo que marcan los intereses de los detentadores del poder económico mundial.

Los medios de comunicación crean la ilusión de una universalización de las condiciones y posibilidades de desarrollo económico y social, sin embargo hay que preguntarse quienes son los beneficiarios del modelo. Como afirma el economista argentino Aldo Ferrer “la globalización es (…) selectiva y abarca las esferas en donde predominan los intereses de los países más poderosos” [i].

La pobreza y la miseria dejan de ser consideradas como un drama social para convertirse en factores estadísticos, mientras las identidades culturales y sociales tienden a desintegrarse en el totalitarismo ideológico que imponen los centros de poder disfrazándolo bajo el nombre de “pragmatismo”. En este marco, la polis, espacio público de discusión, se diluye en una mezquina lucha sin cuartel entre intereses económicos particulares.

El “bien común”, guardado en el baúl de lo que alguna vez pudo haber sido, desaparece de los objetivos de los poderes públicos, más interesados en asegurar los beneficios económicos de las grandes corporaciones empresariales que en conseguir satisfacer las necesidades de las personas.   Justificándose en una supuesta “racionalidad económica” se expulsa del sistema a capas enteras de la población, condenándolas al desamparo material y simbólico que acompaña a la exclusión. Víctimas de una violencia social de efectos prolongados y devastadores, son sencillamente “sobrantes de producción” sin derecho a participar en el festín del despilfarro consumista. “Des-existentes” según definición de la psicóloga Janine Puget [ii].

Argentina es un doloroso ejemplo de esta dinámica desintegradora. Los resultados de este proceso no se miden en millones de dólares sino en los millones de personas que no tienen asegurados los derechos humanos básicos (alimentación, salud, vivienda). Las cifras son desgarradoras. Quince millones de personas (más del 40% de la población), hombres y mujeres de todas las edades, con nombre y personalidad propios, capaces de sentir amor, dolor y alegría sobreviven debajo de la línea de pobreza – la vida de todos ellos es un tesoro que estamos obligados a cuidar. De ellos, seis millones disponen apenas de 60 pesos por mes, lo cual representa menos de un dólar diario [iii]. En Argentina, uno de los principales productores de alimentos del mundo, mueren alrededor de cien niños diariamente por problemas de nutrición o enfermedades de fácil curación. Sin embargo, muchos argentinos todavía prefieren mirar para otro lado[iv]. Algo debe cambiar en nosotros.

Los protagonistas

Durante muchos años, los argentinos hemos vivido atenazados por el miedo. Sentimiento moldeado por décadas de tortura, cárcel y muerte. Treinta mil desaparecidos no pasan en vano en la memoria colectiva de una nación. La violencia simbólica y física son una constante en la realidad cotidiana de nuestro país, se puede decir que son casi fundacionales. No podemos olvidarlo. Como tampoco hemos de olvidar que nuestros temores, aunque justificados, resultan muy funcionales al poder.

Toda represión, toda violencia tiene un efecto multiplicador en la propagación del miedo. Así, en tanto nuestro miedo nos mantiene inmovilizados, paralizados, todos los abusos, todas las injusticias son posibles. El miedo genera culpa y complicidades. Tantos años de cerrar los ojos, tantos años de negación tienen un alto precio.

Desafiar al miedo sería entonces el primer paso para empezar a ser libres. Y ese primer paso pareciera que se ha empezado a dar. Al principio se trató de un movimiento casi imperceptible para gran parte de la población del país. Las primeras señales vinieron desde diferentes lugares del interior, en donde, hace ya algunos años, los pobladores de localidades afectadas por el cierre de sus fuentes de trabajo tradicionales iniciaron lo que hoy se conoce como movimiento “piquetero”. Los participantes en estas protestas, caracterizadas por los cortes de ruta, no luchan por la “Revolución”, así en mayúsculas, sencillamente reclaman comida y trabajo.

El movimiento no tardó en extenderse hasta llegar a las puertas de la Ciudad de Buenos Aires. Una parte importante de la población de clase media, desde sus prejuicios, miraba con recelo el accionar de estos grupos de desesperados. Sus reivindicaciones y procedimientos se sentían como algo ajeno. Resulta difícil ponerse en el lugar del Otro, sobre todo cuando ese Otro alimenta temores no resueltos que revolotean a nuestro alrededor.

Hasta que el abuso y la humillación sufrida alcanzan tal punto que no queda más remedio que reaccionar.

En diciembre de 2001 se produce una importante transformación en la actitud condescendiente, asustadiza que caracterizó a una gran parte de la sociedad argentina durante las últimas décadas. Amas de casa, comerciantes, estudiantes, docentes, profesionales, funcionarios, artesanos, jubilados, empleados y desempleados de la hoy pauperizada clase media argentina, habitantes del país del “no te metás” y el “por algo será”, decidieron al fin agarrar la sartén por el mango y decir ¡Basta! Hasta acá llegamos.

La siempre sumisa y conformista “mayoría silenciosa” empezó a hacerse oír sin mediadores interpuestos. Uniendo sus desencantos y sus voluntades, con ideologías e intereses diversos, muchas veces contrapuestos, los participantes en cacerolazos y asambleas barriales convergen mayoritariamente en una misma aspiración: contribuir a construir un país en el que todos sus habitantes podamos vivir con dignidad.

Los hechos

El 19 y 20 de diciembre de 2001, en un clima social marcado por el ritmo que establecían los saqueos de supermercados y negocios, miles de ciudadanos, hartos de la situación de descomposición acelerada del país, salieron espontáneamente a las calles para expresar con el retumbar de cacerolas su repudio absoluto al ultraje colectivo que significó la proclamación del Estado de Sitio decretado por el todavía presidente Fernando de la Rúa, quien pocos días antes había decidido, conjuntamente con su ministro de Economía Domingo Cavallo, la incautación de los depósitos bancarios de todos los argentinos. Siniestro corolario a los sucesivos despropósitos que caracterizaron los apenas dos años de gobierno del hoy ex presidente y que tuvo su sangrienta guinda en la represión policial que antecedió a su renuncia.

A estos primeros cacerolazos les siguieron otros que en los días siguientes sirvieron de acompañamiento “musical” a la obligada renuncia del efímero presidente Rodríguez Saá. Hasta ese momento, las “cacerolas”, al igual que lo habían sido los saqueos que tuvieron lugar durante los días que antecedieron a la caída de De la Rúa, fueron funcionales a ciertos sectores de poder. Una vez cumplido su cometido, la espontaneidad del movimiento ciudadano, su rotundo rechazo a los poderes del estado, resultaba inquietante. Había que neutralizar su posible crecimiento.

Muy pronto, portavoces gubernamentales y la mayoría de los medios de comunicación (en especial prensa y televisión) se empeñaron en encerrar la repulsa popular al sistema político y al modelo económico y social en el “corralito” financiero [v]. La estrategia era sencilla. Se trataba de presentar la protesta como una mera reclamación, justa pero egoísta, de los ahorros incautados (o quizás haya que decir confiscados o expropiados) por los bancos con el apoyo legal pero ilegitimo del gobierno argentino (la constitución argentina defiende entre sus principios básicos la propiedad privada). En este empeño contaron con la inestimable ayuda de prestigiosos analistas extranjeros quienes, como el sociólogo francés Alain Touraine, se apresuraron en concluir que no estábamos ante un movimiento popular, sino que lo sucedido “significa básicamente un movimiento de defensa de una clase media que tiene sus ahorros en el banco y tiene miedo de perderlos, o que la diferencia de la paridad del peso y el dólar signifique la pérdida de una parte importante del poder de compra real”[vi].

En definitiva, los cacerolazos, que se repitieron a lo largo de todo el verano, aparecían desde esta perspectiva como una mera defensa de intereses particulares de ahorristas ante el interés común de la Nación. Tergiversación que antepone los intereses de los bancos (algunos de los cuales fueron literalmente salvados de la quiebra por la decisión gubernamental) a los intereses comunes de todos los argentinos.

Entretanto, la protesta comenzó a articularse. El sonido de las cacerolas empezó a estar acompañado por la celebración de asambleas de ciudadanos en distintos barrios de la ciudad de Buenos Aires. A pesar de que los medios de comunicación apenas prestaron atención al naciente fenómeno, el movimiento asambleísta no tardó en extenderse hacia el Gran Buenos Aires y hacia otras ciudades del país a medida que los cacerolazos, perdida su espontaneidad inicial, poco a poco, iban apagándose.

Al margen de las virtudes y defectos que presentan las asambleas populares como instrumento de acción política (cuestión que no discutiremos ahora)[vii], su significación social es enorme: El miedo, por una vez, dejó de paralizar a la sociedad argentina que empieza a sentir, todavía tímidamente, que si se lo propone puede conseguir modificar las relaciones de poder en el país. Sectores próximos al establishment político y económico perciben en esta superación del miedo el embrión de un cambio social que puede llevar a poner en peligro sus privilegios.

Alarmados ante esta posibilidad y ayudados por algunos hechos aislados de violencia contra figuras públicas y la falta de propuestas alternativas concretas, el poder político y sus voceros mediáticos se encargaron durante los últimos meses de alertar repetidamente sobre una supuesta amenaza de anarquía y de guerra civil. Uno de los más activos en este cometido fue el propio presidente provisional Eduardo Duhalde que a los pocos días de su designación proclamó: “Después de mi, el caos[viii]. Nada es más efectivo para convocar a los fantasmas que invocarlos.

Aseveraciones de este tipo parecen tener como objetivo primordial reinstaurar el miedo como regulador básico del comportamiento cívico de la población argentina. Los insistentes rumores que desde enero atraviesan el país acerca de la inminencia de un golpe de estado cívico-militar o las “informaciones periodísticas” sobre los preparativos de posibles ataques a barrios privados por parte de los sectores más carenciados del Gran Buenos Aires se pueden incluir dentro de esta misma estrategia[ix]. En este contexto, es de temer la aparición de propuestas de corte fascista que, envueltas en el canto de sirenas de promesas de soluciones mágicas, consigan atraer a amplios sectores de una población cada día más desencantada, más desamparada.

El papel de Internet

El funcionamiento descentralizado de Internet (no comercial durante años) permite crear nuevos espacios de participación ciudadana entre personas de diferentes orígenes y edad que agrupados en nuevas formas de pertenencia (parcial y provisional) comparten sus ideas, intereses y proyectos. Redes para la comunicación de hombres y mujeres que se alejan de la lógica mercantilizada de los grandes grupos económicos que controlan las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación), poco interesados en el desarrollo de prácticas comunicativas que no ofrezcan rentabilidad económica.

Internet, al margen de las intenciones domesticadoras de los grandes centros de poder económico y político internacionales, es una formidable herramienta de comunicación capaz de establecer puentes cada más amplios y extendidos entre las personas, sobre los cuales se generan canales horizontales de comunicación que tejen voluntades de solidaridad y permiten compartir inquietudes, buscar y divulgar información, establecer estrategias comunes y planificar y coordinar acciones efectivas, sin límites territoriales ni inoportunas esperas temporales. El aprovechamiento efectivo de algunas de estas propiedades permitió que, a pesar de la todavía escasa penetración en Argentina, en los últimos meses se multiplicaran las convocatorias e iniciativas de participación ciudadana, apoyadas de un modo u otro por el uso de alguna herramienta de Internet.

El 19 de diciembre de 2001, la difusión a través del chat de lo que estaba sucediendo en muchos barrios de Buenos Aires contribuyó a que a muchas personas se sumaran al cacerolazo. Durante las siguientes semanas fueron surgiendo numerosos espacios en Internet dedicados a la situación del país: Sitios webs con información alternativa, listas de discusión reservadas a la catarsis colectiva y foros para proponer y debatir propuestas concretas de cambio, entre distintas modalidades. Las asambleas barriales desarrollaron sus propios sitios web destinados a brindar información sobre sus propuestas, mientras que las casillas de correo electrónico se llenaban de mensajes de procedencia y fines dudosos llegados a través de los siempre intrincados canales de las cadenas de mensajes[x].

Una herramienta hasta ahora desconocida ha entrado en la escena política y social del país. Por primera vez, el boca a boca, la publicación partidaria o la octavilla política dejan de ser los únicos modos de informarse sobre aquello que ocultan los medios de comunicación masivos. Con la expansión del uso ciudadano de Internet, las formas tradicionales de expresión y acción política empiezan a perder el monopolio que ejercieron hasta ahora.

Las redes telemáticas, al ofrecer canales de comunicación horizontales, incrementan las posibilidades de participación en los asuntos públicos, lo cual afecta a la vida política en su conjunto. En este contexto, lo público y lo privado empiezan a cambiar de significación.

La intromisión de la mirada pública en el ámbito de lo privado, propiciada por la lógica impuesta por el ojo infotelevisivo del “gran hermano”, está teniendo una consecuencia inesperada. En tiempos de la ubicuidad espectral de la pantalla, el público ha decidido convertirse en protagonista. Miles de personas que siempre consideraron ajenos a su vida los asuntos públicos empiezan a sentirse participes. Para ello ha sido necesaria la acumulación de mucha frustración y de muchos engaños. Y también medios eficaces y baratos para comunicarse. Ahí es en donde aparece Internet como herramienta dinamizadora y multiplicadora de estas renovadas formas de participación ciudadana.

El uso social intensivo de Internet en Argentina durante estos últimos meses pone de manifiesto el potencial democratizador de las redes telemáticas. La libre y amplia circulación de información, propuestas y convocatorias ciudadanas ha demostrado que para muchos argentinos, usuarios de la red, la política ha dejado de ser sólo asunto de los desprestigiados políticos profesionales, sino que es algo que concierne a todos. ¿Qué otra cosa que hacer política es reclamar públicamente por los derechos individuales y colectivos de la sociedad a la que se pertenece?

Cientos de mensajes con convocatorias diversas, información alternativa, propuestas e ideas para transformar el país atraviesan la red entremezclándose con chistes, “escraches” a políticos y empresas, generando un gran espacio de interacción ciudadana que contribuye a articular las inquietudes de miles de personas. Espacio para una catarsis colectiva y espacio para buscar la esperanza, las listas de correo electrónico, las cadenas de mensajes, los sitios webs, los chats no reemplazan a las reuniones cara a cara, ni lo pretenden. Su función es otra. Estas herramientas de Internet no sólo amplían la difusión y el alcance de informaciones de toda índole y favorecen el intercambio plural de ideas, sino que debido a su propia estructura de funcionamiento, que permite formas de comunicación desjerarquizadas, inducen a la participación y al compromiso social. Sin olvidar que estas mismas características favorecen también la difusión impune de rumores y falsas informaciones que contribuyen, interesadamente o no, a alimentar el desaliento, la bronca y la confusión de la sociedad argentina.

En el nuevo paisaje comunicativo que delimita la expansión del uso de Internet resulta cada vez más difícil ocultar o controlar la información. Basta con que alguien conozca (o invente) los hechos y los difunda a través de la red para que el mensaje se propague a una velocidad desconocida hasta hace poco. Difundido a través de email, poco diferencia una información real de un mensaje falso. Así, Internet cumple un doble papel de carácter opuesto. Por un lado ofrece la posibilidad de difundir información con una velocidad y libertad de difícil comparación con medios anteriores y al mismo tiempo es una herramienta inigualable para la desinformación y la propaganda.

En una sociedad como la argentina, marcada por la desconfianza hacia las fuentes informativas tradicionales y predispuesta a recibir noticias escandalosas, basta un poco de verosimilitud para que cualquier “información” recibida a través de canales alternativos sea tomada por cierta. En este sentido, Internet es territorio fértil para difundir todo tipo de mentiras. Algo que es difícil imaginar que haya pasado desapercibido por los distintos sectores que pugnan por el poder.

Hoy en Argentina, es suficiente enviar a algunas decenas de personas un mensaje electrónico con alguna “revelación” o “denuncia” más o menos bien armada, para que al cabo de unas pocas horas se expanda en la red como aceite en el agua hasta perderse definitivamente cualquier rastro sobre su origen. Los casos son innumerables. Algunas veces, como en un supuesto reportaje sobre coimas de “Telenoche Investiga”, “información” que circuló a principios de marzo de 2002, el mensaje está concebido para que el engaño termine por ser descubierto[xi], pues de este modo se consigue neutralizar otras cuestiones. En el caso citado: las dudas acerca de las razones que llevaron al gobierno a modificar a último momento el sentido de una medida económica ya anunciada. Otras veces, la mentira se instala como verdad en el imaginario colectivo. En ciertas ocasiones, con el paso del tiempo, una historia falsa que empezó circulando en Internet termina convirtiéndose en una leyenda urbana.

Por todo esto, resulta imprescindible que al considerar los beneficios y las posibilidades comunicativas que abre el uso ciudadano de Internet, aprendamos a distinguir la presencia de mensajes construidos con fines no siempre honestos. Pero conocer la existencia de este peligro no implica desaprovechar las oportunidades que ofrecen las redes telemáticas para establecer nuevos espacios de acción cívica. Gracias a Internet todos, en principio, podemos ser emisores de información. Todos podemos dar a conocer nuestras propuestas. Todos tenemos poder de convocatoria[xii].

Usos

El estallido social del 19 y 20 de diciembre de 2001, además de haber sido detonante de la renuncia del hasta entonces presidente de De la Rúa, marca, entre otras cosas, un punto de inflexión en el uso cívico de Internet en Argentina.

Durante las semanas siguientes las cadenas de mensajes, los sitios webs, los foros de debates y las listas de correo dedicadas a tratar la situación del país se incrementaron notablemente. El uso de la red para difundir informaciones, organizar protestas, convocar actos, hacer anuncios o denunciar a funcionarios y políticos, empieza a ser corriente en los sectores medios de la sociedad. Muchas personas que hasta entonces apenas se habían interesado en Internet empiezan en esos días a usar el email con regularidad. Muchos de ellos se suscriben a listas de distribución y a foros de debate. Hay quienes confiesan estar participando por primera vez en cuestiones públicas, y manifiestan una gran alegría por ello.

Como en todo espacio participativo, en a través de Internet se van estableciendo lazos de pertenencia, fuertes o débiles según sea la dinámica generada en cada foro[xiii]. Incluso en algunos casos, los miembros de un grupo nacido en la red deciden conocerse personalmente con el fin de fortalecer sus lazos de pertenencia (el cuerpo sigue siendo un lugar de encuentro irreemplazable).

La red debe considerarse como un nuevo espacio de acción ciudadana que no pretende, ni puede reemplazar ni fagocitar otros espacios, sino que por el contrario los complementa y enriquece. No es excepcional, por ejemplo, que participantes en Asambleas barriales estén suscriptos a una o más listas de correo o foros de debate en Internet. Las cadenas de mensaje, los sitios webs, el chat y las listas de correo pueden cumplir un papel importante en el funcionamiento de otras instancias de participación ciudadana, tal como se está demostrando en Argentina en estos últimos meses.

Se puede afirmar que en el uso ciudadano de Internet se produce una síntesis entre el tele-ciudadano formado en el distanciamiento simbólico propiciado por la televisión y el idealizado ciudadano republicano formado en los valores cívicos de la democracia. En este encuentro recuperan su plaza la participación y el compromiso comunitario, aún sea a partir de la defensa, muchas veces, de derechos individuales. Reclamos diferentes desde una voluntad común de cambio.

Los espacios de participación que se han ido gestando en y desde Internet constituyen un novedoso canal de expresión ciudadana y una posible herramienta de control de la gestión pública de enorme potencial. El compromiso individual y colectivo es condición primera de esta democracia renovada que empieza a surgir gestada en el desencanto y la miseria, impulsada por cortes de ruta, asambleas barriales y cacerolazos, construida desde la necesidad y la razón, fundamentada en un genuino pluralismo y amparada por las TIC, que le dan cobijo y le permiten crecer.

El camino recién se inicia y es prolongado. En este trayecto, los miembros de muchos foros y listas de correo en Internet, desde estos y otros ámbitos de participación, buscan encontrar elementos de coincidencia que permitan elaborar respuestas válidas para hacer frente a los problemas económicos, sociales y culturales por los que atraviesa Argentina. De este modo, Internet, gracias a su versatilidad y su carácter abierto, desjerarquizado y multidireccional, dando lugar a la voz de las mayorías silenciosas puede contribuir a dejar atrás definitivamente al país “del no te metás” y “el por algo será”. Por entonces, el miedo habrá dejado de paralizarnos y quizás, quién sabe, también de existir.

Apostilla

Tengo la sensación que los argentinos hacemos con el país lo mismo que muchos hacemos con nosotros mismos, maltratarnos. Cuando digo país no me refiero a una abstracción sino a un cuerpo vivo del que formamos parte todos quienes vivimos en él. 

La situación que estamos viviendo debemos tomarla como un aviso de nuestro cuerpo social de que no podemos seguir dándonos tanto maltrato. Necesitamos transformar nuestros hábitos. No vamos, no podemos aceptar – porque hacerlo sería aceptar pasivamente nuestra destrucción- que nos sigan humillando con engaños y desfalcos pues ya son demasiados los que no pueden seguir participando en la bacanal. Porque nos duele enormemente la tragedia de no tener que comer, de morir de enfermedades curables ante la desidia de quienes tienen por deber cuidar la salud de todos. Abandono que viven millones de argentinos, es decir una parte de nuestro propio ser.

Ojalá no nos equivoquemos y sepamos encontrar un camino. No nos dejemos engañar.

* Diego Levis es profesor de Teoría de la Comunicación en la Universidad de San Andrés y autor, entre otros, de La Pantalla Ubicua. Comunicación en la sociedad digital.

Notas

 

[i] Ferrer, A. (2000): De Cristóbal Colón a Internet: América Latina y la Globalización, FCE, Bs.As. p.16

 

[ii] Puget, J.: “Sujetos destituidos en la sociedad actual. Testimonio mudo del des-existente” en Página 12, Bs.As. Junio 2001

 

[iii] 1 dólar = 3 pesos al cambio del 27 de marzo de 2002.

 

[iv] “Es hora de que los cortes de ruta sean erradicados de la vida argentina, no sólo por el perjuicio que ocasionan a quienes se ven privados de un derecho esencial, como es el de transitar por el territorio nacional, sino también porque constituyen una deprimente señal del desorden social en que vivimos y del desprecio que algunos sectores suelen tener por los derechos ajenos” Editorial de “La Nación” de Bs.As. del 13 de febrero de 2002. Textos como este revelan claramente por donde pasan las inquietudes y las prioridades de quienes los escriben y publican. ¿Olvida acaso el autor de esta nota editorial que el derecho a la vida es el derecho humano fundamental y que este derecho está directamente vinculado con las reclamaciones de los piqueteros (alimentos, salud y trabajo)?

 

[v] Modo con el que se denominó a la incautación de los depósitos bancarios decretada por el ex Ministro de Economía, Domingo Cavallo, vigente en sus diferentes versiones a partir del 2 de diciembre de 2001.

 

[vi] Declaraciones de Alain Touraine a La Nación on line, 14 de febrero de 2002. ¿Ceguera, desinformación, mezquindad o malintencionalidad?

 

[vii] Las asambleas muestran una fuerte desconfianza hacia todo tipo de representatividad. Actitud que, ante la ausencia de liderazgos definidos, puede terminar por cuestionar las posibilidades de crecimiento del propio movimiento asambleísta. Por otro lado este rechazo al sistema representativo hace que las asambleas, cautivas por los discursos “antisistema”, puedan terminar siendo cooptadas por grupos de ideología fascista.

 

[viii] Los dichos de Duhalde desde que asumió la presidencia merecen un estudio aparte. Desde la paradoja que plantea el “Argentina es un país condenado al éxito” con que cerró su primer discurso ante la Asamblea Legislativa, hasta el optimismo que pretende transmitir al afirmar que ” El 9 de julio el festejo será doble: Vamos a celebrar nuestra independencia y la finalización de más de cuatro años de recesión en la Argentina”, los tres primeros meses de su presidencia han ofrecido un buen muestrario de frases (y promesas incumplibles) con finalidades propagandísticas concebidas para incidir en la emotividad colectiva (oscilando entre la euforia del festejo y el terror al apocalipsis de la “guerra civil”)

 

[ix] En esta tarea de propaganda cumple un papel estelar Daniel Haddah. Pero no es el único. Algunos reportajes desde posiciones supuestamente progresistas publicados por “Pagina 12” o denuncias nunca probadas y poco documentadas presentadas en el programa televisivo de Jorge Lanata tienen efectos similares.

 

[x] Un mensaje en cadena es un mensaje enviado por email a muchos destinatarios simultáneamente quienes, a su vez lo reenvían a las personas incluidas en su lista de direcciones y así sucesivamente. De este modo, se consigue en un lapso corto de tiempo un crecimiento exponencial en la difusión del mensaje original (superando además obstáculos geográficos). Los mensajes en cadena son los más propicios para el engaño y la intoxicación informativa, ya que el remitente original no tarda en quedar oculto en el anonimato que le brinda el modelo de difusión reticular (con centros móviles) utilizado.

 

[xi] Cuando, como en el caso del supuesto reportaje de este caso, son puestas en cuestión decisiones gubernamentales, cuanto mayor sea la difusión de mensaje menos durara la patraña puesto que la inquietud social que genera asegura que los medios se apresuren en verificar la información. La atribución del mensaje a una persona ajena a la producción del programa revela que se trató de una maniobra que buscaba que la mentira difundida sea rápida y fácilmente descubierta.

 

[xii] Si bien es cierto que el acceso a Internet en Argentina todavía no es universal, el costo del servicio utilizando los locutorios de teléfono es de menos de cinco centavos por minuto (2 pesos la hora por término medio) En la actualidad, Internet es, en los lugares con conexión, el medio (técnico) de comunicación más barato.

 

[xiii] La modalidad de funcionamiento de cada lista y foro dependerán de los objetivos que se hayan marcado sus promotores. Existen espacios totalmente abiertos, en los que cualquiera que lo desee puede enviar un mensaje. En este tipo de lista, la suscripción se realiza de forma automática con sólo solicitarla. Suelen ser los espacios más concurridos Son espacios propicios para el anonimato e incluso la suplantación de personalidad. Estas características suelen dificultar el establecimiento de lazos de pertenencia sólidos. En otros casos, aunque la suscripción se realiza de forma automática, los mensajes son filtrados por un moderador, quien se encarga que el debate no se aleje de los objetivos marcados inicialmente. En otros casos se requiere además que quienes quieran participar se identifiquen con el fin de que cada uno de los miembros tenga un mínimo conocimiento sobre quienes son sus interlocutores, si bien no puede evitar la utilización de identidades supuestas. Este tipo de modalidad tiende a facilitar el establecimiento de lazos de pertenencia.

 

Dr. Diego Levis

Mayorías silenciosas, el golpear de cacerolas y la Internet

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