Lic. Daniel Carceglia [*]

Arq. María Sol Quiroga[**]

El marco tecnológico

“El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño.  Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente lo veía desde todos los puntos del universo“

Jorge Luis Borges, El Aleph

Pasaron cuarenta años hasta que la radio estuvo al alcance de cincuenta millones de personas.  La computadora personal tardó dieciséis,  la televisión batió el récord con trece, pero Internet lo superó: en cuatro años llegó a cincuenta millones de usuarios y se estima que habrá más de setecientos millones de personas conectadas para el año 2001.

Existe una amplia gama de tecnología informática disponible y la infraestructura de telecomunicaciones tiende a mejorar y a expandirse con rapidez, la cuestión central está, entonces, en la apropiación adecuada de estas tecnologías por parte de los ciudadanos y las organizaciones.

Internet constituye una amplísima red de conexiones que, desde un entorno compatible desarrollado para facilitar el intercambio de datos, se ha convertido en uno de los pilares de la nueva Sociedad de la Información.  Así, la anterior categoría de las TIC´s (tecnologías de información y comunicación), se redefine en las actualmente llamadas TSI (tecnologías de la sociedad de la información) [1].

Las TSI no sólo incluyen el hardware, el software y su interconexión en redes telemáticas, sino también el acceso a un nuevo espacio de vinculación, abstracto, que permite la aparición de distintos tipos de organización social asociados al uso de estas herramientas.  Y es precisamente este aspecto el que queremos resaltar de Internet: no centrarnos meramente en su dimensión tecnológica sino profundizar las relaciones sociales que el complejo entramado comunicacional de la red configura y permite.

Frente al nuevo milenio la potencialidad de este instrumento para planificar y gestionar los múltiples aspectos que hacen a la vida urbana se complementa con la posibilidad de convertirlo en un canal de comunicación o participación ciudadana. Internet adecua el entorno comprensible, la facilidad de acceso, la compatibilidad del lenguaje; permitiendo su uso como plataforma ideal para una gestión municipal que involucre fuertemente la participación.

Los municipios argentinos

Sin embargo, y analizando la presencia de unos 85 municipios argentinos en Internet [2], nos encontramos con que la red no ha sido incluida (o al menos lo ha sido en grados desestimables) como canal de comunicación y participación ciudadana, y esto no por falta de infraestructura, sino básicamente por desconocimiento y subuso de la plataforma (además de la ausencia de voluntad política expresa).  De este modo se siguen distribuyendo documentos impresos en la forma tradicional y consumiendo el tiempo de los contribuyentes en la realización de largos trámites presenciales.

A los desarrollos fragmentarios, esporádicos e intuitivos de los sitios municipales le sigue en general un largo periodo de abandono del emprendimiento iniciado. Como si las autoridades fueran conscientes sólo a medias, de a ratos, en la mayoría de los casos no se propician grupos de conducción de políticas de comunicación y gestión de la información en Internet, no se constituyen ni se otorgan responsabilidades para el mantenimiento del sitio creado, ni tampoco se generan instancias de reflexión dentro de las instituciones para requerir de los especialistas los servicios necesarios para hacer de Internet una herramienta útil para el municipio y los ciudadanos.

Sin embargo cualquier herramienta, por mejor que sea, esta condenada al fracaso si no se utiliza.  Y tal vez éste sea el punto central a tratar: no tanto las posibilidades tecnológicas (que las hay), sino los comportamientos ciudadanos; no tanto la generación de aplicaciones (posibles y ya existentes, sólo que no ensambladas para su uso en este campo), sino la actitud frente al entorno digital; no tanto la definición de qué cosas pueden accederse desde Internet sino el acceso por parte de los ciudadanos a la herramienta; y finalmente no tanto el acceso sino (y, para cerrar el círculo) los comportamientos de los ciudadanos.

De acuerdo a lo que McLuhan ya había previsto en 1976, cuando escribía La aldea global  “es inútil tratar de evitar lo que vendrá, porque en cierta forma esa estructura de cambio ya está aquí” [3].   Pero si el uso de la plataforma está reservado sólo a una elite su destino será, en un determinado espacio tiempo, profundizar la brecha tecnológica y socioeconómica que afecta a los grupos menos favorecidos o tradicionalmente excluidos.

El surgimiento de un nuevo campo: de habitus  y panópticos

“Vi el pulposo mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mi como en un espejo…”

Jorge Luis Borges, El Aleph

Estamos ante la emergencia de un nuevo “campo”, en el sentido bourdesiano del término.  “En este sentido, el campo es una red, o una configuración de relaciones objetivas entre posiciones. Estas posiciones son definidas objetivamente en su existencia y en las determinaciones que imponen a sus ocupantes, agentes o instituciones, por su situación (situs) actual y potencial en la estructura de la distribución de las diferentes especies de poder (o de capital) cuya posesión determina el ingreso a los beneficios específicos que están en juego en el campo y, al mismo tiempo, por sus relaciones objetivas con otras posiciones (dominación, subordinación, homología, etc.)” [4]. El nuevo campo que vemos nacer es el de la Sociedad de la Información, con su propia estructura de relaciones entre posiciones, con sus determinaciones y una distribución de poder aún no definitivamente consolidada, por cuanto no responde a los mecanismos habituales de la lógica política en la ciudad continua [5] sino a un nuevo modo, del cual aún no se ha llegado a su completa apropiación.

Ahora bien, en Bourdieu la existencia de un campo especializado y relativamente autónomo tiene un fuerte correlato con la existencia de compromisos e intereses específicos relacionados con los habitus de los agentes, que invierten su capital (simbólico o no) en el juego de poderes que el campo implica.  Es por ello que la definición de campus debe entenderse en forma relacionada con el concepto de habitus y de capital.

El habitus “ es a la vez un sistema de esquemas de producción de prácticas y un sistema de esquemas de percepción y de apreciación de las prácticas.  Y, en los dos casos, sus operaciones expresan la posición social en la cual se ha construido.  En consecuencia, el habitus produce prácticas y representaciones…” [6] y se conforma con todo el pasado incorporado en cada actor bajo la forma de predisposiciones, estilos, modos de percepción y apreciación o modos de hacer las cosas.

El capital  “o una especie de capital es aquello que es suficiente en un campo determinado, como arma y como objeto de lucha a la vez, es aquello que le permite a su poseedor ejercer un poder, una influencia, esto es que le permite existir en un campo determinado” [7].

Hagamos un paréntesis en nuestra reflexión bourdiesiana:  vamos ahora a referirnos a la idea de panóptico, ya ampliamente tematizada por Michel Foucault en (entre otros trabajos) Vigilar y castigar.

Algunos conceptos interesantes para traer a escena: Foucault parte de una idea arquitectónica para la generación del aparato de poder que el panóptico constituye, nos dice que “no debe ser comprendido como un edificio onírico: es el diagrama de un mecanismo de poder referido a su forma ideal; su funcionamiento, abstraído de todo obstáculo, resistencia o rozamiento, puede muy bien ser representado como un puro sistema arquitectónico y óptico: es de hecho una figura de tecnología política que se puede y que se debe desprender de todo uso específico” [8].

El panóptico, como objeto, es una maquinaria que disocia la pareja ver-ser visto, en él se es totalmente visto sin ver jamás y, agrega que es un “dispositivo importante, ya que automatiza y desindividualiza el poder”.

Esta maquinaria, además, no necesita de grandes conocimientos para su operación: cualquier individuo, casi tomado al azar, puede hacerla funcionar.  Del mismo modo es indiferente el motivo que lo anime a hacerlo, dice Foucault: “la curiosidad de un indiscreto, la malicia de un niño, el apetito de saber de un filósofo que quiere recorrer este museo de la naturaleza humana, o la maldad de  los que experimentan un placer en espiar y en castigar”… ¿cuántas descripciones más parecidas al entorno de la World Wide Web encontraremos?  “El panóptico es una máquina maravillosa que, a partir de los deseos más diferentes, fabrica efectos homogéneos de poder”.

Como el aleph borgiano, con Carlos Argentino Daneri recorriendo (y describiendo pomposamente) todos los resquicios del mundo; con “nuestro siglo XX [que] había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas, ahora, convergían sobre el moderno Mahoma”; ahora Internet conjuga alephs y panópticos sobre catorce pulgadas en un monitor.

En este esquema, que parecería ser peligroso en cuanto al grado de control (dictatorial, tal vez) que la idea de panóptico implica, Foucault dice que “no hay peligro […] de que el aumento de poder debido a la máquina panóptica pueda degenerar en tiranía; el dispositivo disciplinario estará democráticamente controlado, ya que será accesible sin cesar al ‘gran comité del tribunal del mundo´”·

Entre Borges y Foucault, dos visionarios de la actual red de redes.

 

Frente al surgimiento del nuevo campo, y frente a la posibilidad de integrar o no el “gran comité del tribunal del mundo”, es que nos hemos preguntado dos cosas centrales:

  • ¿cómo generar en los ciudadanos el habitus esencial para manejar un cierto capital simbólico dentro del campo que permita prácticas tendientes a usar la plataforma hipermedial para comunicarse (además) con el municipio?, y
  • ¿cómo asegurar la circulación de todos los habitantes dentro del panóptico que Internet prefigura?

Desde una lectura bourdesiana se podría decir que en este nuevo campo, la Sociedad de la Información, ni los ciudadanos ni los municipios cuentan aún con el capital que les permita existir, lo que remite a la necesidad de generar el habitus como condición necesaria para poseer un capital, es decir, para poder actuar adecuadamente en la SI. En consecuencia, el “ser o no ser” en la Sociedad de la Información quedaría determinado al menos por cuatro factores:

  • la presencia, otorgada por la dirección electrónica;
  • el acceso, otorgado por un servidor que funcione en red;
  • el capital, lo que implica poseer los conocimientos adecuados para actuar en esta plataforma;
  • y el habitus, lo que implica tener incorporadas las TSI a los modos de percibir, pensar y actuar.

Los dos primeros factores se relacionan específicamente con la circulación por el panóptico, con el efecto especular de control, con la integración al gran tribunal; se refieren a la posibilidad de acceder a la estructura, sin hacer hincapié necesariamente en la capacitación, ya que “cualquier individuo puede hacerla funcionar”.

Los otros dos tienen que ver con el área educativa, con la formación temprana, con la adquisición de una cosmovisión que permita contemplar como una de las vías no sólo posibles sino habituales (con esa naturalización que da la habitualidad social a las cosas) la conexión con el municipio a través de una aplicación interactiva desarrollada para la red.

Lo constatado permite afirmar que el desarrollo de herramientas informáticas que funcionen en red para la gestión de las ciudades, están condenadas al fracaso si no consideran y tienden a dar respuesta a dos cuestiones centrales:

  • la transformación de las culturas institucionales vigentes;
  • y la del habitus del conjunto de los ciudadanos.

La utilización de las herramientas depende de los hábitos generados en los individuos, en la sociedad, por esta razón no sólo se trata de la creación de aplicaciones adecuadas sino también de la generación de este habitus, para que las mismas sean usadas. En este caso la generación del habitus tiene relación no con la realización de cursos de informática, aunque estos son necesarios para adquirir el lenguaje básico, sino con la incorporación de los mencionados tres aportes diferenciales que conlleva Internet.

La incorporación de estas tres dimensiones: Internet como plataforma hipermedial, como escenario para producir conocimientos en red y como factor de creación de comunidades; parecen ser condiciones necesarias para crear el hábito de uso de las TSI, para comprender que Internet posibilita otra instancia de la presencialidad, tanto en el espacio presencial como en el virtual, no casualmente también llamado realidad virtual.

Este cambio en la percepción y valoración de los individuos puede realizarse desde un sinnúmero de lugares, pero sin duda resultará más simple y efectivo implementarlo a través de las instituciones que tienen mayor presencia en la sociedad: nos referimos a las educativas; a la educación formal en todos sus niveles y también a la informal.

No se trata, evidentemente, del dictado de la materia Informática en la currícula de los niveles básico e intermedio de formación.  No se trata de aprender el manejo de un entorno gráfico, de un procesador de textos, de una planilla de cálculos.  Ni siquiera se trata de incorporar el uso del correo electrónico al aula.  Es más bien un cambio cualitativo de los contenidos en general de la educación.  Pensar los contenidos desde la visión transversal, transdisciplinar, sincrónica/asincrónica que la red implica.

Seguir pensando Internet como una gran enciclopedia, un gran libro de textos, condena al fracaso las amplísimas posibilidades que el entorno hipermedial ofrece.   La sociedad hoy sería otra si nos hubiéramos negado a la máquina de Guttemberg, que en su momento despertó desconfianza en muchos, rechazo en gran parte, y desconcierto en la mayoría.

Fernández Hermana, en su artículo “Aulas calientes” [9] tematiza con claridad “la enorme distancia que todavía nos queda por salvar para poner en pie un sistema educativo firmemente asentado en las peculiaridades de la Sociedad de la Información”.

Es por ello que deben generarse contenidos en la red de redes de modo que, desde los distintos estamentos de la educación, pueda accederse a su uso. Queda claro, en este estado de la situación, que resulta prioritario comenzar por el nivel de formación básica (momento en el que se desarrollan la mayoría de los habitus de vida social [10]) y en centros comunitarios que breguen por el acceso de la tecnología a los habitantes de la ciudad.

Somos concientes de los problemas que implica repensar la educación, asumir una estructura de costos significativa (en la que no sólo se trata de invertir en la compra de computadoras, sino también en su manutención, actualización, interconexión – con los pulsos telefónicos y sus costos agregados – ), y la capacitación permanente.  Pero ya se ha dicho: o pensamos o somos pensados.  Basta mirar, por ejemplo, desde Blade Runer hasta The Truman Show o Matrix para darse cuenta de lo que esto significa.

Fernández Hermana dice que “la esperanza de que una autoridad central resolverá `los planes de estudio´ de la Sociedad de la Información se da de bruces con la propia lógica de la cultura virtual, donde la creatividad y la innovación de individuos y organizadores genera nuevos marcos para el desarrollo de la persona de una manera impredecible”.  Y éste es el principal desafío: cada uno debe pensar, sin esperar un plan estático de aplicación.  Y tal vez éste es el principal miedo.

”…vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó…”

Jorge Luis Borges, El Aleph

Algunas preguntas sobre la exclusión

Pero la educación es una sola de las caras del planteo que hemos comenzado a bocetar: resta pensar cómo se garantizará la existencia en la Sociedad de la Información y el acceso a la red de redes.  En este sentido parecería oportuno hacer una homología con la experiencia de casi todos los países del mundo para garantizar la educación básica gratuita y obligatoria: no se pensó en enviar maestras particulares por cada domicilio, no se pensó que a cada habitante en condiciones de aprender le correspondería un mismo docente en condiciones de enseñar.  Se crearon edificios que permitieron congregar cantidades variables de personas al mando de un líder que los formara.  Así las escuelas cumplieron la función (con más o menos fallas) de garantizar el acceso a un campo mínimo de conocimientos de grandes masas ciudadanas, gracias a una voluntad política firme.

Del mismo modo puede garantizarse el acceso a Internet, no pensando en que cada habitante debe tener una conexión telefónica y una computadora (aunque tal vez todos aquí lo desearíamos, pero recordemos que, por ejemplo, sólo el 1% del total de los conectados en Argentina tienen acceso a Internet), sino que el gobierno local debe asegurar la existencia de nodos de acceso comunitarios que posibiliten la circulación de habitantes por el ciberespacio.

Ya existen propuestas de dirección electrónica para todos: en el Congreso sobre Redes ciudadanas y ciudades digitales realizado en Barcelona ’98 [11], se presentaron diversas propuestas, con las debidas fundamentaciones técnicas,  para alcanzar el objetivo “dirección electrónica para todos”, otorgada al nacer por los gobiernos locales, del mismo modo que el documento de identidad. En general, en las propuestas subyacía la idea de un nuevo protagonismo de las ciudades, de lo local, en el mundo global, pues las ciudades otorgaban el pasaporte de “presencia” en el espacio virtual, siendo las direcciones por ejemplo ciudadano@barrio.ciudad.país

De instrumentarse este tipo de propuestas no bastaría para configurar el derecho, dado que a la presencia habría que sumarle el acceso, es decir, no basta con tener una dirección electrónica para ser ciudadano de la Sociedad de la Información, se necesita actuar en el espacio virtual, por lo tanto hay que poder usarla.  De lo contrario estaremos pensando en la generación de una nueva categoría de excluidos que, cada vez más dramáticamente, dejarán de participar del ser social.

Para cambiar el mundo, según Bourdieu, es necesario cambiar las maneras de hacer el mundo, es decir la visión del mundo y las operaciones prácticas por las cuales los grupos son producidos y reproducidos.  El poder simbólico, cuya forma por excelencia es el poder de hacer de los grupos, se funda en dos condiciones: una performativa, que es el poder de estar fundado en la posesión de un capital simbólico; la otra está relacionada con la eficacia simbólica, que depende del grado en que la visión propuesta está fundada en la realidad.

Es por ello que nos ha parecido necesario reflexionar fuertemente sobre el uso de las herramientas y el rol de los gobiernos locales en Internet:  del mismo modo que el repartir cajas de comida semanal no solucionará las profundas carencias sociales de nuestras poblaciones, no podemos suponer que el acceso a Internet sea por fin el paraíso de la sociedad sin clases.  Pero sin embargo si podemos prever que, de no acceder, la situación empeorará gravemente para aquellos que queden al otro lado de la línea (literalmente).

¿Es un hecho… que, por medio de la electricidad, el mundo de la materia se ha convertido en un gran nervio, vibrando a miles de kilómetros en una milésima de segundo? ¡Más bien, el globo redondo es una vasta cabeza, un cerebro, instinto con inteligencia!  O debemos decir que es en sí un pensamiento, nada más que un pensamiento, y ya no la sustancia que creíamos.

Nathaniel Hawthorne, The house of the seven gables

Nuestra investigación, y la presentación de este trabajo, comenzó tematizando el subuso que los municipios argentinos hacen de Internet.  Digresión fatal pero necesaria, nos pareció que era importante reflexionar sobre las implicancias de Internet en la vida de nuestra gente, tengan o no acceso, tengan o no conocimiento de esta nueva dimensión de las comunicaciones y el conocimiento.

Sin embargo, y tal como dijéramos al principio, cualquier herramienta, por mejor que sea, está condenada al fracaso si no se utiliza.  Por eso hemos creído que para el uso es necesario el habitus.  Y hemos pensado que el uso es importante para mantener cierto poder de control, utilizando la estructura del panóptico.

El desarrollo municipal en el ciberespacio es precario, inconstante, vacilante.  Pero no por inexistencia de posibilidades técnicas, sino por falta de políticas claras de desarrollo y, sobre todo, porque el nacimiento de este campo y la falta de habitus es una característica de la población toda, de la cual los funcionarios son parte.

Formar los ciudadanos para el nuevo campo, crear los habitus para la nueva situación, incorporar el capital necesario para ejercer el poder de hacer.  Esta es la llave para el cambio.  Y el cambio debe gestarse desde los gobiernos locales.

Una herramienta que sirva de contenido para conocer el municipio desde Internet, una aplicación que permita a los ciudadanos gestionar los múltiples aspectos que hacen a la vida urbana se complementa con la posibilidad de convertirlo en un canal de comunicación o participación ciudadana. Internet adecua el entorno comprensible, la facilidad de acceso, la compatibilidad del lenguaje; permitiendo su uso como plataforma ideal para una gestión municipal que involucre fuertemente la participación.

Acceso sencillo y rápido a la información; control del ciudadano en la toma de decisiones (agenda, cuentas, planificación de infraestructura, etc.), lo que motivaría la necesidad de mostrar transparencia en la gestión.

Los municipios on-line serán el modo de acción gubernamental del milenio que empieza, y es fundamental diseñar herramientas que permitan una sencilla y completa interacción de los habitantes del municipio con las autoridades.  En esta línea es que hemos pensado en el impacto social que tendrán las políticas de gestión pensadas desde la plataforma de Internet y para todos los ciudadanos.

REFERENCIAS

[*] Licenciado en Comunicación Social. Encargado del foro de discusión de la Red Interuniversitaria de Derechos Humanos (RIDH).  Webmaster de la RIDH.  Consultor.

[**] Arquitecta. Especialista en Historia y Crítica de la Arquitectura y el Urbanismo, Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo. Investigadora del Programa Prioritario de Investigación ALDEA XXI y Profesor Adjunto en la Universidad Nacional de Quilmes, Consultoría en SIG.

NOTAS:

1- Ver: SERRA, A., “Tres claves para entender el fenómeno Internet”, en Revista La Factoría n° 8, http://www.lafactoriaweb.com, 2/ 1999; FERNANDEZ HERMANA, L. A., en Revista Enredando, Editorial “Las tecnologías de la sociedad de la información”, http://www.enredando.com, 1999; FINQUELIEVICH, S., “De las TICs a las TSI”, en Sección temática La ciudad en.red.ada, Periódico universitario Argirópolis, http://www.argirópolis.com.ar, 1999; entre otros.

2- CRAVACUORE, D., . Proyecto UNQ “ Desarrollo de herramientas informáticas por Internet para la gestión municipal”, Director: Daniel Cravacuore, 1999/2000.

3- McLUHAN, Marshall y POWERS B.R.  La aldea global. Edit. Gedisa.  España, 1976.  Los autores sostienen, entre otras cosas, que “a largo plazo los ordenadores alterarán en forma dramática el medio social del lugar de trabajo, tal como lo conocemos”.

4- BOURDIEU, Pierre. Reponses. París, Seuil, 1992.

5- Nos referimos al concepto de Italo Calvino en Las ciudades invisibles, ed.vs.

6- BOURDIEU, Pierre.  Cosas dichas. Barcelona, 1993.

7- BOURDIEU, Pierre. Reponses. París, Seuil, 1992.

8- FOUCAULT, Michel.  Vigilar y castigar. Siglo Veintiuno Editores.  Madrid, 1976.

9- FERNÁNDEZ HERMANA, Luis A.  Aulas calientes en Editorial Enredada, http://enredando.com/cas/

10- BERGUER, P. y LUCKMAHN, T.  La construcción social de la realidad.  Edit. Amorrortu.  Buenos Aires, 1995.

11- Congreso Internacional ECN ’98 “Redes ciudadanas y ciudades digitales”, Universidad Politécnica de Catalunya, Barcelona, 6/ 1998.

MUNICIPIOS ON-LINE. LOS PANÓPTICOS DE FIN DE MILENIO (Internet como plataforma para la nueva gestión municipal)

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