Lic. Inés Rubio – Lic. Graciela Andre [*]

Para el análisis de la pobreza y la feminización de la pobreza, es necesario tener en cuenta algunas tendencias sociodemográficas que han tenido incidencia importante en las transformaciones de la familia a lo largo del siglo XX.

Aspectos tales como: el aumento de hogares unipersonales en zonas urbanas, responde a un proceso de envejecimiento poblacional, y es posible preveer un aumento sostenido en el futuro; aumento de tasas de divorcios y separaciones, que debe ser considerado en el marco de situaciones socioambientales complejas, ligadas al proceso de individuación y la creciente incorporación de la mujer a la fuerza de trabajo.

Para los sectores sociales más pobres, el tema se torna complejo ya que es frecuente el abandono del hombre-padre , ligado a situaciones de crisis en el mercado laboral, en el que su rol de proveedor económico de la familia se ve desvalorizado.

Ante el desempleo masculino de larga duración se produce un incremento del empleo femenino, en particular relacionado a los servicios. Este hallazgo es muy importante, ya que permite poner en evidencia el progresivo aumento de hogares constituidos por mujeres e hijo.

En los hogares latinoamericanos uno de cada cinco hogares tiene como jefa a una mujer. Si bien en algunos casos se trata de mujeres mayores con hijos que trabajan, la mayor parte de estos hogares están compuestos por la madre e hijos pequeños.

El aumento de mujeres solas con hijos constituye un fenómeno de transición en dos sentidos:

-Una etapa que desemboca en la formación de una nueva pareja, que significa en la temporalidad histórica, una transición hacia nuevas formas de familia, más abierta y alejada del modelo nuclear.

-En sectores de menores recursos, las mujeres con hijos no establecen un hogar en forma independiente, sino que conviven con otros parientes (sus padres o hermanos). Estas mujeres a cargo de hijos y sin pareja, deben responder a una doble demanda: 1) Se convierten en proveedoras económicas; 2) están a cargo de tareas domésticas.

Estos grupos familiares son especialmente vulnerables y se hallan sujetos a situaciones de incertidumbre y de riesgo.

En todas las clases sociales, la dinámica familiar está marcada por la situación económica general, que afecta de manera específica, la forma en que se logra acceder y articular los diversos recursos para el mantenimiento y para elaborar o preservar un estilo de vida.

¿Qué pasa con las familias de menores recursos económicos para llevar adelante las tareas de mantenimiento cotidiano­?

Para responder a esta pregunta es necesario establecer un relación entre familia y pobreza, pues está claramente demostrado que crecimiento económico no es, en sí mismo, fuente de equidad social.

Los procesos económicos de los últimos veinte años han aumentado la desigualdad social, mostrando tendencias regresivas en la distribución del ingreso y una creciente polarización social. El bienestar familiar se halla condicionado por la manera en que los miembros del grupo aprovechan las oportunidades que la estructura productiva y sociopolítica les ofrece en cada momento.

En situaciones de recesión y escasez, el trabajo asalariado de los miembros adultos se intensifica, pero también de niños y ancianos. Se alarga la jornada de trabajo, disminuye el consumo y se incrementa el trabajo doméstico.

La relación entre la pobreza y la conformación del grupo doméstico, está condicionada por la tasa de dependencia económica, es decir por la relación entre las personas que trabajan y las que no trabajan; y además se debe tener en cuenta el ciclo de vida de la familia y las características del grupo doméstico.

Existen dos situaciones en las que la vulnerabilidad es especialmente notoria:

-Los hogares encabezados por mujeres con hijos pequeños;

-Los hogares de viejos.

El resultado es, indefectiblemente, la pobreza, a veces extrema, de las mujeres y sus hijos. La feminización de la pobreza implica que hombres y mujeres experimenten la pobreza de modos diferentes. En las mujeres es la dimensión cualitativa del fenómeno y está dado por la mayor dificultad que tienen para salir de ésta. Esto se demuestra con la amplia gama de discriminaciones y estereotipos a los que están sujetas:

-Desigualdad de oportunidades en el acceso al empleo; al crédito y al capital. La pobreza acentúa la desigualdad de género y frente a la adversidad, las mujeres son las más vulnerables. También la pobreza afecta de manera desproporcionada a los viejos y dada la diferencia en las expectativas de vida se transfiere la pobreza a las mujeres viejas.

Existen tres procesos convergentes que contribuyen a la intensificación de este fenómeno:

1) La crisis del sistema de Seguridad social y jubilación.

2) El proceso de envejecimiento de la población.

3) Procesos de empobrecimiento y desempleo de diversos sectores a quienes les resulta cada vez más difícil derivar recursos para el mantenimiento de sus parientes.

Cuando la familia y el hogar no tienen la capacidad de mantener a sus miembros, se produce la disolución del hogar, donde cada individuo intentará resolver su supervivencia como pueda, y uno de los recursos utilizados son las redes informales de ayuda, que forman parte de la vida cotidiana de la pobreza. Estas redes pueden seguir activadas pero siempre hay un techo, un límite, respecto de lo que es posible compartir cuando se tiene cada vez menos y los demás integrantes de la red se van empobreciendo cada vez más. La persistencia y el agravamiento de las condiciones de pobreza extrema, la crisis en los sistemas públicos proveedores de servicios sociales, parecen estar convirtiéndose en un fenómeno permanente y en función de ello surgen organizaciones asistenciales y O.N.G. con sus iniciativas solidarias que proliferan en toda la región. El peligro reside en que al no existir políticas orientadas a eliminar las raíces estructurales de la pobreza, estas formas de organización asistencialista promuevan tipos de dependencia y sometimiento, basadas en la necesidad, que bloqueen el potencial de transformación que la acción colectiva podría tener en ese campo.

La Unidad Doméstica

Para analizar y comprender el tema de la feminización de la pobreza, es necesario remitirnos al concepto de Unidad Doméstica (U.D) y su distinción con el concepto de familia.

El concepto de U.D está centrado en todas las actividades ligadas al mantenimiento y a la reproducción social, el término reproducción, implica tres dimensiones o niveles:

Reproducción biológica

Reproducción cotidiana

Reproducción social

El concepto de familia tiene un sustrato ligado a la sexualidad y la procreación, constituyéndose en la organización social que regula, canaliza, y confiere significados sociales y culturales a estas dos realidades. Además, la familia está incluida en una red más amplia de relaciones de parentesco (obligaciones y derechos) guiadas por reglas y pautas sociales establecidas; en cambio en las que definen las unidades domésticas, se combinan las capacidades de sus miembros y recursos para llevar a cabo tareas de reproducción y distribución. Por lo tanto, la familia constituye la base de reclutamiento de las unidades domésticas, sin embargo, el grado de coincidencia entre familia y unidad doméstica varía notoriamente en diferentes culturas y sociedades.

Otro nivel de análisis, para entender con mayor profundidad el concepto de U.D., es la red doméstica, una red extensa de parentesco o no, donde las relaciones recíprocas están dadas por el desarrollo de las actividades cotidianas por la cual reproducen estrategias de reproducción que hacen a su mantenimiento. Las principales contribuciones a este tema están centradas en los estudios de la mujer a partir del análisis de la identidad femenina, la división sexual del trabajo y las relaciones de poder.

Existen distintos tipos de unidades domésticas:

– Unidad doméstica obrera: las relaciones de producción se establecen en el mercado que vende su fuerza de trabajo y la característica de la U.D es la familia nuclear, en la que existe la separación entre casa y trabajo.

– La organización social de la pobreza: se refiere a aquellos sectores que tienen una inserción inestable en el mercado de trabajo, lo que implica también, una inestabilidad en la composición de las U.D. y en los lazos familiares y una apelación constante a las redes de relaciones informales y/o a los mecanismos de bienestar social, si es que existen.

– La empresa familiar: que está basada en el trabajo de los miembros, en ella las tareas domésticas y de reproducción son claramente indiferenciadas.

Para llevar adelante las tareas ligadas al mantenimiento de sus miembros, toda U.D requiere tener acceso a recursos y como en toda organización, dadas las condiciones estructurales, la adquisición de recursos, es problemática, se deben desarrollar mecanismos para la obtención, para la recreación y para su administración. Los recursos pueden provenir de distintas fuentes de trabajo remunerado y no remunerado de sus miembros, transferencias de instituciones formales, reconocidas para ese fin (seguro de desempleo, pensiones o servicios, ayuda de O.N.G., ahorros propios y redes de ayuda mutua). En el caso de las U.D con mujeres jefas de hogar, las redes de ayuda, tienen una gran importancia. Una parte importante de las actividades domésticas cotidianas, se manifiestan como tareas concretas de consumo, las realizan especialmente las mujeres.

La crisis del estado de bienestar y los cambios en las políticas sociales prevalecientes en los años ´90

El neoliberalismo que reduce la presencia del estado y abre actividades de carácter social a la lógica del mercado –tienen como objeto privatizar la responsabilidad por el bienestar social, transfiriendo tareas del estado a las U. D.. En el modelo neoliberal, estos costos deben ser cubiertos por las redes familiares y las U.D., el resultado es una creciente polarización social.

En el marco de la feminización de la pobreza, es necesario tener en cuenta, el capital humano disponible, las capacidades y habilidades, pero también las incapacidades que se manifiestan en el tiempo. También es necesario tener en cuenta el capital social que consiste en la red de relaciones laborales, a la que es posible acudir para obtener favores y servicios; y el capital cultural que incluye y/o excluye los saberes e informaciones para la provisión de bienes y servicios requeridos para las actividades a desarrollar.

Hay que tener en cuenta además que la capacidad de trabajo de los miembros de la U.D. especialmente la de mujeres, se modifica a lo largo del ciclo de vida, provocando cambios en la organización doméstica.

El concepto de Género

Las tareas de mantenimiento cotidiano requieren el desarrollo de diferentes estrategias de reproducción social e implican experiencias radicalmente diferentes de vivir en familia, marcados por el género, el ciclo de vida y las clases sociales. Por ello, es imprescindible partir del análisis del concepto de género. Gomaris en 1992, lo define como: “Modos de sentir, pensar y comportarse, que más de tener una base natural, son construcciones sociales y familiares, asignados a una manera diferente a hombres y mujeres”.

Desde el punto de vista descriptivo, el género puede ser definido como una red de creencias, rasgos de personalidad, actitudes, valores, conductas y actividades que diferencian a hombres y mujeres. Tal diferenciación es productora de desigualdades y jerarquías entre ambos sexos.

El género, en tanto categoría de análisis, presenta rasgos propios, tales como:

– Su carácter relacional: es decir siempre se remite a relaciones entre lo femenino y lo masculino, poniéndose especial énfasis en que se trata de relaciones de poder. El ejercicio del poder de los afectos en el género femenino y el poder racional y económico en el masculino.

– Ser una construcción histórico – social: que se produce a lo largo del tiempo y modos diversos. De acuerdo a análisis históricos se señala las relaciones de subordinación en las que significaciones de género desde campos bien determinados.

Género y sexo, son categorías construidas socialmente; constituidas por el conjunto de ideas y representaciones sobre las características humanas y sus diferencias. La distinción entre genero y sexo ha sido extraordinariamente eficaz para resaltar que los roles, atributos y comportamientos, son variables, heterogéneos y diversos porque dependen de factores eminentemente culturales, son adquiridos y no innatos.

El criterio más importante y excluyente de división social, es el que se establece a partir de la situación de los individuos respecto a las condiciones materiales de existencia y que se expresa bajo el concepto de clase social. La noción de clase social, es eminentemente social y aunque es difícil encontrar su correspondencia biológica, en la práctica se efectúa implícitamente por la asociación de las condiciones de vida diferenciales, ya que las diferencias de clase no sólo se reproducen a partir de la lógica económica, sino también por la incorporación de otras clases de desigualdades.

Las categorías de género, como representación ideológica, poseen tres funciones:

– Interpretación de la realidad.

– Organización de pautas de interacción.

– Legitimación de las relaciones que se establecen entre las personas.

Interpretación de la realidad: la ideología es, propiamente dicho, la interpretación de la realidad. La realidad misma es un mundo creado por el pensamiento y por las acciones, pues solo es significativa en tanto es aprendida por los individuos (Berger y Luckman, 1988).

En este sentido las imágenes culturales acerca de las diferencias entre los géneros forman parte de la visión del mundo. Las categorías de género están conformadas, por lo tanto, por el conjunto de ideas por el que cada sociedad define los atributos y estereotipos de cada colectivo.

Con respecto a la organización de las pautas de interacción; cada grupo de personas se asocia a determinadas cosas y actividades; se les otorga una manera de ser y en función de ello se prevén posibles actitudes y reacciones. Es decir, las tipificaciones que van a determinar el comportamiento clasificados en determinadas categorías y relacionadas a jerarquías y relaciones de poder instituidas.

La legitimación de las relaciones que se establecen entre personas, constituye el aspecto crucial de la construcción de la diferencia, ya que a través de ella se justifican las formas de dominación y exclusión, lo que tiene que ver con la naturalización de las desigualdades, que es uno de los factores claves que contribuye de forma más eficaz a construir las bases sobre la que se asienta la sociedad clasista.

Esta naturalización no es neutra, sino eminentemente valorativa, puesto que jerarquiza las personas en función de las diferencias y así también las categorías de las diferencias son asumidas como algo dado, imposible de modificar. Por lo tanto, la construcción social del género y su vinculación con la división del trabajo, cristaliza en una constelación de ideas y símbolos que constituyen los modelos de representación.

Los modelos de representación sobre género y trabajo se concretan de modos diferentes en cada sociedad, pues lógicamente han de ser compatibles con los modelos institucionales vigentes y más en concreto con las relaciones productivas. Estos modelos son en definitiva el lenguaje a través del cual se expresan los modelos institucionales de trabajo y sociedad, y sus conexiones con los sistemas de género. Comprobaremos de este modo, como las ideas sobre la procreación, fuertemente naturalizadas, son la base para la construcción de las diferencias iniciales entre hombres y mujeres, justificándose a partir de ellas una división del trabajo.

El modelo de representación basado en la oposición familia – trabajo expresa los distintos roles asignados a hombres y mujeres, y su posición en el contexto social. Esta diferenciación de roles y su jerarquización se integran a la lógica del mercado de trabajo. Las obligaciones domésticas son el principal argumento por el que las mujeres son objeto de discriminación en el ámbito laboral, de manera que cuando participan en el, acceden en general a trabajos peor considerados y retribuidos que los de los hombres. La lógica del mercado del trabajo es la que define los significados del trabajo.

Es necesario insistir en la necesidad de no confundir los modelos de representación con la lógica que rige el funcionamiento social. Persona y actividad, familia y trabajo, parentesco y economía; lo pensamos separadamente, pero se hallan totalmente imbricados.

A pesar de la creciente incorporación de las mujeres al mercado del trabajo, ellas tienen las posiciones más desventajosas, con trabajos poco cualificados, rutinarios y mal retribuidos. Existen distintos factores que concurren a la segregación de las mujeres.

Las creencias culturales, los obstáculos informales para acceder al empleo, la socialización y la preparación para el trabajo, las responsabilidades familiares.

La familia es una institución clave para enmarcar la división sexual del trabajo. Este carácter crucial ha convertido a la familia en el marco privilegiado para explicar los rollos atribuidos a las mujeres. La familia asegura la reproducción de los trabajadores y por lo tanto, el trabajo mismo.

La apariencia de autonomía entre trabajo y familia, que ha justificado la reclusión de las mujeres en el hogar y la desvalorización de sus actividades, trasciende por lo tanto la mera división sexual del trabajo.

Las categorías de género contribuyen a reproducir las clases sociales, siendo un poderosos instrumento en la legitimización de las desigualdades en el contexto laboral.

Las divisiones sociales basadas en el género no son un espacio secundario, sino por el contrario fundamental en la constitución y funcionamiento de un mercado de trabajo segmentado.

Un aspecto importante a considerar para el análisis de la inserción laboral de la mujer, son las representaciones ideológicas modelando sus preferencias para determinadas ocupaciones.

El Mercado del Trabajo

Desde 1953 el desempleo superó los niveles históricamente conocidos en el país alcanzando en mayo de 1995, el 8,5 %. Para el tema que nos ocupa debe analizarse el sostenido incremento de la tasa de desocupación de los jefes del hogar que alcanzó en mayo de 1995, el 12 %.

Según datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), se confirma que en relación al año 1998, existen en el país 350.000 desocupados más. El índice de desocupación en todo el país se colocó en mayo de 1999, en el 14 %, lo que representa 1.817.000 trabajadores sin empleo. Además, existe un 13,7 % de la población activa que está sub-ocupada, es decir, que trabajan menos de 35 horas y representan otras 1.765.000 personas, por lo que en total son más de 3.600.000 los que tienen problemas laborales.

En la Provincia de San Luis, de acuerdo a estos datos, existe un 7,3 % de desocupación y un 14, 6 % de sub-ocupación, lo que hace un porcentaje entre ambos de 21, 9 % de personas con problemas laborales. Todo indica que la desocupación seguirá creciendo en lo que resta del año y podría acercarse o superar el 18,4 % del año 1995.

El fuerte incremento en la cantidad de gente que salió a buscar empleo en los últimos meses, potenció la situación delicada de los hogares, ya que se incrementó el número de mujeres con hijos que demandan trabajo, sin demasiado éxito. Los sectores con menor nivel educativo registran la mayor tasa y una tendencia a crecer más.

La aparición o profundización de los problemas de empleo se relaciona con un proceso de reestructuración productiva. El desempleo afecta profundamente la vida familiar. En distintas investigaciones se han planteado dos imágenes dicotómicas: por un lado, puede llevar al fortalecimiento de la familia, cuyos lazos se estrechan para hacer frente a la adversidad, y por otro lado, la familia puede erosionarse o quebrarse por efecto de los conflictos cotidianos. En la mayoría de las familias coexisten acciones que podrían ser caracterizados en una u otra dirección.

El desempleo pone en peligro la supervivencia familiar y para responder a ello se movilizan distintos recursos a fin de sobrellevar la situación en los casos de pobreza estructural, la administración del recurso escaso, lo realiza la mujer . Así la desocupación en un contexto de alta vulnerabilidad lleva a la implementación de estrategias de reproducción determinadas, esto significa que ante el trabajo de uno de los miembros de la familia, el ingreso se reparte entre todos y se administra.

El desempleo también provoca cambios en la división de los roles domésticos. Cuando el jefe de familia pierde el empleo y la mujer consigue una ocupación, el hombre queda a cargo de las tareas domésticas, experimentando una sensación de fracaso y desvalorización del rol masculino.

Ante el desempleo masculino de larga duración se produce un incremento del empleo femenino, en particular, relacionado a los servicios. En relación a esto, las familias tienen una institución de roles y ello origina una baja autoestima paterna y un impacto en la relación con los hijos. Otro impacto en las relaciones familiares los constituye el proceso de aislamiento social que produce la sensación de haber dejado de compartir intereses comunes. El desempleo también jaquea la eficacia de las redes sociales. El alejamiento de las relaciones puede ser caracterizado como una decisión utilitarista frente a la desvalorización del capital social.

La separación casa y trabajo, y la división sexual del trabajo, con la incorporación de la mujer al mercado laboral ha producido un cambio. En América Latina, los datos son contundentes, entre 1960 – 1990, la tasa de actividad creció del 18,1 al 27,2% y en el mismo lapso la actividad masculina disminuyó del 77,5 % al 70,3 %.

La participación de las mujeres en la fuerza del trabajo es más elevada en las zonas urbanas y en las metrópolis; y las tasas más altas están entre las que tienen entre 20 y 34 años, es decir, las que atraviesan el período de procreación y en el que las dificultades para compatibilizar el trabajo remunerado con las tareas domésticas son mayores.

El aumento en las tasas de divorcio y separación demuestran una mayor cantidad de mujeres que deben autoabastecerse. La evidencia indica que el aumento de la tasa de participación femenina no ha tenido un impacto en el modelo de estructuración de la familia y la domesticidad. Las mujeres amas de casa – madres ven sobrecargadas sus tareas (triple rol). Existen evidencias al respecto que son contundentes, tal como lo demuestra el informe de desarrollo humano 1995, donde el tema especial reside en las desigualdades de género en el desarrollo humano, producto de investigaciones que dieron como resultado la elaboración de un índice que incorpora las desigualdades de género.

Cuando se produce la desocupación del jefe de familia, es la mujer la que debe salir al mercado del trabajo, y ello tiene un nivel de adaptabilidad mayor; genera diferentes tipos de conflictos familiares; se producen separaciones y divorcios, y tienen hijos menores que mantener.

Las diferencias de género añaden nuevos criterios de división entre los trabajadores pues a través de ellos se ejercen y legitiman prácticas discriminatorias de carácter formal e informal.

Es sabido que a pesar de la creciente incorporación de las mujeres al mercado del trabajo, ellas tienen las posiciones más desventajosas, con trabajos poco cualificados, rutinarios y mal retribuidos.

Existen distintos factores que concurren en la segregación de las mujeres: las creencias culturales, los obstáculos informales al empleo, la socialización y preparación para el trabajo y las responsabilidades familiares.

Las categorías de género contribuyen a reproducir las clases sociales, siendo un poderoso instrumento de desigualdades en el contexto laboral.

Las representaciones ideológicas
Las representaciones ideológicas influyen en la forma en que las personas (mujeres) se integran al mercado laboral, modelando sus preferencias por determinadas ocupaciones.

Existe un conjunto de condicionamientos y limitaciones que podemos caracterizar como de tres clases, en relación a las elecciones del trabajo por parte de las mujeres y de trabajadores en general:

– Los valores

– Los recursos

– Las motivaciones

Las representaciones ideológicas condicionan los valores que se inculcan a través del proceso de socialización y de esta forma se modelan las preferencias y expectativas respecto al trabajo, se crean las aspiraciones ocupacionales y se desarrollan las cualidades personales para llegar a asumirlas orientándose en el tipo de preparación que requieren.

Las representaciones ideológicas condicionan los recursos con que se llega al mercado de trabajo, que pueden ser de diversa naturaleza, los más importantes son la educación y la preparación para el trabajo. El sistema educativo es un elemento integral en la reproducción de las divisiones sociales.

Existe otra clase de recursos menos visibles que son importantes para la consecución de determinadas condiciones de trabajo (informaciones, redes y relaciones). Esto es muy importante para el caso de las mujeres, ya que las redes sociales pueden llegar a ser determinantes porque propician especialización en determinadas ocupaciones y las introducen en determinados contextos laborales y contribuye a la aceptación de condiciones de trabajo que se perciben como las más apropiadas y probables para ellos.

Por último, las motivaciones son fruto de la percepción que se posee respecto al trabajo de acuerdo con los roles que le han sido asignados. En cuanto a las mujeres, hace que sus motivaciones para participar en el mercado laboral sean distintas a las de los hombres y las obligaciones domésticas sean un condicionamiento importante.

Las representaciones ideológicas poseen un importante papel y asigna valor a las acciones. Se puede comprobar en diferentes investigaciones sobre el trabajo de las mujeres donde la imagen del ama de casa entra en contradicción con las prácticas cotidianas de muchas mujeres en situación de pobreza que realizan actividades remuneradas para el sostenimiento de la familia. Por ello, es importante analizar las representaciones ideológicas que las mujeres tienen de su vida y de su trabajo. En este sentido resulta extraordinariamente útil la aplicación del método biográfico.

Puesto que la sociedad no es homogénea y las divisiones en que se basa tampoco lo son, existe una gran diversidad en las formas por las que las condiciones sociales se reinterpretan, se seleccionan ciertos rasgos y se actúa a partir de ellas.

El poder de las representaciones ideológicas se fundamenta precisamente en su capacidad para representar situaciones muy diversas e incluso contradictorias.

Mujeres en relación al empleo

Las condiciones de inserción laboral de las mujeres no son en absoluto satisfactorias y en los últimos años se han visto agravadas por la disminución general del empleo y la precariedad laboral. Las oportunidades ocupacionales no son equivalentes entre hombres y mujeres. La situación socioeconómica actual introduce otros factores de variación en el conjunto de estrategias que se ponen en juego en la familia en relación al trabajo de sus miembros y existen diferencias y cambios en los modelos de representación respecto al trabajo en relación a la pertenencia de clase. En los grupos sociales más modestos la participación laboral de las mujeres se plantea por obligación, o cuando sus propios ingresos compensan los gastos que genera el cuidado de los hijos. Si para los hombres el trabajo se considera una obligación, en estos sectores para las mujeres es una opción y en muchos casos, una necesidad.

El salario de las mujeres se considera una ayuda y no una contribución esencial. El trabajo de las mujeres es considerado secundario. Las mujeres tienen condiciones laborales más precarias, tienen una presencia importante en las economías sumergidas y están dispuestas a aceptar remuneraciones más bajas que las del mercado.

Es necesario insistir en que el trabajo posee significados y valores muy diferentes en la vida de las mujeres, como en la construcción de su identidad. Sus actitudes y motivaciones respecto al trabajo, son adversas. El desempleo es uno de los problemas principales y está poniendo en cuestión los proyectos y aspiraciones de las sociedades que han basado en el pleno empleo. La creación del empleo crece en menor proporción que la cantidad de personas que se van incorporando al mercado de trabajo y en este sentido las mujeres acceden a proporciones de subempleo más elevada de los hombres.

Las dificultades de inserción laboral de las mujeres no responden directamente a prácticas de discriminación abierta, sino a barreras de carácter ideológico-cultural que dificultan el acceso a los mercados de trabajo, así como a la gran inestabilidad y a la baja cualificación a los empleos que se ofrecen. El subempleo de las mujeres tiene un carácter estructural y no coyuntural. En la situación desfavorable respecto al empleo entran en juego valores culturales y en base a ello son secundarizados en el empleo. El acceso al empleo de las mujeres se canaliza generalmente a través de redes sociales que contribuyen a la elección de determinados trabajos. El hecho de que las redes sociales sean un recurso importante para la obtención de empleo – y tengamos en cuenta que las mujeres se encuentran en mayor proporción que los hombres en las economías sumergidas- hace que las redes sociales sean decisivas.

El desempleo, la economía sumergida, la flexibilidad laboral, el gasto público, la crisis económica, han pasado a ser parte de nuestro vocabulario corriente. Actualmente buena parte del trabajo está realizándose en la denominada economía informal. Se trata de un mercado abierto, son actividades que no dan mucho dinero, pero permiten ahorrar datos. Son actitudes marginales debido al poco volumen y escaso beneficio.

Analizaremos cuales son las distintas formas de trabajo que realizan las mujeres:

1) Trabajo en un empleo: remunerado, se realiza en el marco de la economía formal, trabajando para otros o en forma autónoma, en cualquier empresa privada o institución estatal.

2) Trabajo sumergido: es el remunerado y se realiza en la economía informal. Se trata de actividades marginales.

3) Trabajo doméstico: producción de bienes y servicios, incluye tareas domésticas y cuidado de personas.

4) Trabajo donado a la comunidad

Las prácticas de trabajo de las mujeres, ofrecen un indicador de los cambios y tendencias políticas económicas más amplias. Cuando las mujeres participan en el mercado de trabajo, siguen asumiendo la responsabilidad en el trabajo doméstico.

Las diferentes estrategias de autoabastecimiento y reproducción que desarrollan las mujeres, están inscriptas en las redes primarias y comunitarias, donde se aprovecha la ayuda y la solidaridad en situaciones de desempleo. Allí se producen intercambios recíprocos de servicios entre vecinos y parientes, que permite defenderse de situaciones de adversidad en que se encuentran. Se incrementa la tendencia de sustituir el trabajo y a intercambiar bienes y servicios. Esto tiene la función de cubrir necesidades básicas de subsistencia, siendo una forma de trabajo fuera del empleo.

Es necesario analizar las relaciones entre el ciclo doméstico, las fuentes de trabajo, las crisis familiares, previsibles y no previsibles; y las diferentes estrategias de trabajo familiar.

Las necesidades de las familias son cambiantes, pues dependen del número y características de sus componentes. Por lo tanto, las fuentes de trabajo dependen de las posibilidades de contexto.

En las estrategias familiares se concreta la división del trabajo, poniéndose en juego los valores sociales, la construcción social del género y la evaluación de lo que es más conveniente hacer en cada momento. Las actividades relacionadas con la asistencia de personas son asumidas principalmente por mujeres, tanto en la familia como en el mercado de trabajo. Las estrategias familiares suponen poner en juego toda una serie de elecciones para resolver la provisión del dinero y de los productos de consumo que se requieren. En este punto se manifiesta que la ecuación tiempo-dinero es asimétrica, por ello las relaciones laborales secundarizadas en el mercado del trabajo, las tienen las mujeres. Agregándose a ello, la responsabilidad global del trabajo doméstico.

Es necesario analizar las diferentes estrategias de autoabastecimiento y de reproducción familiar que realizan las mujeres, las que están inscriptas en las redes familiares y comunitarias en las que se producen intercambios recíprocos de bienes y servicios. Las estrategias de reproducción y autoabastecimiento, son una forma de trabajo fuera del empleo. El contexto social y económico, es determinante para evaluar el volumen e importancia social de los mecanismos de reproducción social.

Proveedoras económicas: dos enfoques posibles de las mujeres en la crisis

Para este trabajo es necesario analizar dos tipos de preocupaciones:

1° La que está centrada en la situación de las mujeres y el papel que a ellas les cabe como variable de ajuste bajo las actuales condiciones de crisis, y;

2° El análisis de los hogares encabezados por mujeres y de la situación de las mismas como jefas de hogar.

Las evidencias demuestran que las mujeres de los sectores pobres de la población son los que pagan el costo más alto del ajuste económico y de la exclusión; y esto se debe a dos factores principales:

Por un lado, a la responsabilidad por las tareas referidas a la reproducción cotidiana que recae principalmente en ellas; los efectos de la crisis, que significan más tiempo y energía dedicados al trabajo doméstico; y a la administración de recursos cada vez más escasos.

Por el otro, como trabajadores de baja calificación impulsadas al mercado, sufren más que nunca, condiciones laborales de un mercado segmentado, donde ocupan los peores puestos y mal remunerados.

En la mayoría de los estudios realizados, se muestra el crecimiento del número de jefas de hogar registradas en la Argentina, en la última década. Cerca del 50 % de los hogares sostenidos por mujeres, no tienen cónyuge, se trata de hogares nucleares incompletos, compuestos por una madre jefa de hogar y sus hijos; u hogares extensos, que incluyen la presencia de otros miembros, generalmente emparentados y en los que el principal sostén económico es una mujer soltera, viuda o separada. Estos dos tipos de hogares sin una pareja conyugal, son típicos en los que las mujeres son principales proveedoras.

Los hogares con principal sostenedora mujer, constituyen un universo heterogéneo, con la ayuda de indicadores apropiados se pueden distinguir los grupos domésticos más vulnerables. Las principales proveedoras de hogares, se desempeñan en ocupaciones asalariadas de baja remuneración y alta desprotección laboral. Son generalmente, cuentapropistas que trabajan un mayor número de horas, pues el monto de los recursos que pueden obtener, dependen en gran medida de horas extras o del trabajo a destajo. Para identificar a las mujeres como principales proveedoras de sus hogares, es necesario realizar una descripción sociodemográfica, tan precisa como fuera posible de su situación familiar y laboral, con el objeto de identificar la existencia de diferentes situaciones relacionadas con las etapas del ciclo vital; la estructura familiar y la posición socioeconómica del hogar, que pueda incidir en las formas y condiciones de inserción laboral de estas mujeres. Es necesario, además, indagar sobre las condiciones de vida y trabajo a fin de tener un conocimiento más profundo sobre las estrategias que se implementan para asegurar el sustento familiar y compatibilizar las demandas provenientes del desempleo, del doble rol y como trabajadoras, que permita identificar sus problemas y necesidades más acuciantes; y las consecuencias que el cambio de roles trae al interior de la familia.

Por todo lo analizado, queda claro que se habla de una realidad multidimensional y compleja. Es necesario en este marco, el análisis del contexto histórico, cultural, laboral y productivo, político y organizativo, a fin de desarrollar acciones que estimulen los derechos humanos y sociales.

Para el tema que nos ocupa es importante el desarrollo de propuestas alternativas:

1) Elaboración de proyectos participativos dirigidos a las mujeres que propugnen mejorar la calidad de vida de las familias.

2) Construcción de redes de contención con metodologías de intervención en redes familiares y comunitarias.

3) Desarrollar metodologías de contención familiar que permitan análisis de la dinámica familiar, potenciando capacidades y habilidades que promuevan cambios en la organización familiar y la sociedad en su conjunto.

4) Políticas sociales que tengan en cuenta los intereses prácticos y estratégicos de las mujeres a fin de posibilitar una planificación para el desarrollo, más participativas y democráticas.

Referencias:

(*) Autoras: Lic. Inés Rubio. Lic. Graciela Andre. Cátedra de Trabajo Social Familiar. Facultad de Ingenieria y Ciencias Económico – Sociales. Universidad Nacional de San Luis.

Trabajo presentado en la 3ra. Conferencia Conmemorativa del Trabajo Social Latinoamericano: “La Familia en el Tercer Milenio”. Concepción (Chile). 1999

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– MOSER, Caroline: “Género y Desarrollo”. Cuaderno de Ciencias Sociales.

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Familia y Pobreza: Feminización de la pobreza.

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